Quién está detrás de Sea Lion, el yacimiento de Malvinas que Javier Milei puso en la mira
Rockhopper, la petrolera británica dueña de un tercio del proyecto, lo descubrió en 2010 y hoy vale menos que el propio yacimiento que la hizo famosa.
Sea Lion es, desde esta semana, un nombre instalado en la conversación pública argentina. Pero detrás del yacimiento que Javier Milei mencionó en su cadena nacional hay una compañía mucho menos conocida: Rockhopper Exploration, la petrolera británica que descubrió el campo en 2010 y que hoy retiene un tercio de su propiedad. Entender quién es Rockhopper ayuda a entender, también, por qué Sea Lion se convirtió en un proyecto tan resistente a las presiones diplomáticas.
Fundada en 2004 con sede en Salisbury, un pueblo de Wiltshire más conocido por su catedral gótica que por la industria petrolera, la empresa nació con un objetivo puntual: explorar hidrocarburos en las aguas que rodean las islas Malvinas, un territorio donde, hasta ese momento, ninguna compañía había logrado extraer una gota de petróleo comercialmente viable. Rockhopper debutó en el mercado bursátil apenas un año después, en 2005, cuando cotizó en el AIM (Alternative Investment Market), el segmento de la Bolsa de Londres reservado a empresas de menor capitalización y mayor riesgo. Ese detalle no es menor para entender la naturaleza de la compañía: a diferencia de las majors petroleras que cotizan en el mercado principal de Londres, Rockhopper siempre operó como una junior de exploración, dependiente de rondas de financiamiento y con una estructura de personal mínima —hoy apenas 9 empleados— para una empresa que terminó en el centro de una disputa diplomática entre dos países.
El hallazgo que lo puso en el mapa
El 6 de mayo de 2010, Rockhopper anunció el primer descubrimiento de petróleo en aguas de las islas Malvinas, en el pozo 14/10-2 del prospecto que bautizó Sea Lion, ubicado en la cuenca norte del archipiélago. Fue un hito para la pequeña compañía y, a la vez, el origen de todo lo que vendría después: dos años más tarde, en 2012, Rockhopper vendió el 60% de sus licencias de producción a Premier Oil por US$231 millones iniciales, además de un compromiso de la petrolera británica de financiar buena parte de los costos de desarrollo del yacimiento. La operación le permitió a Rockhopper seguir siendo dueña de una porción de Sea Lion sin asumir en soledad el riesgo financiero de desarrollarlo.
En 2016, la compañía protagonizó una fusión con Falkland Oil and Gas Limited (FOGL), otra petrolera con licencias en la misma cuenca, en una operación valuada en unos US$88 millones que consolidó buena parte de la propiedad de los prospectos vecinos a Sea Lion, entre ellos el complejo Isobel Deep/Elaine. Durante esos años, la empresa también sostuvo activos en el Mediterráneo —particularmente en Italia, con el proyecto Ombrina Mare—, un capítulo que terminó en un largo litigio de arbitraje internacional contra el Estado italiano, del que Rockhopper recién pudo cobrar un resarcimiento por unos €31 millones a mediados de 2025, antes de acordar el desprendimiento definitivo de esos activos.
De socio minoritario a la etapa decisiva de Sea Lion
El mapa societario de Sea Lion cambió varias veces en la última década. Tras la salida de Premier Oil —absorbida por Harbour Energy en 2021— y la posterior decisión de Harbour de desprenderse del proyecto por no ajustarse a su estrategia corporativa, la israelí Navitas Petroleum ingresó como nuevo socio en 2022 y terminó quedándose con la operación y el 65% de las licencias, mientras Rockhopper retuvo el 35% restante. Ese acuerdo también incluyó un esquema de financiamiento cruzado: Navitas le otorgó a Rockhopper un préstamo para cubrir buena parte de sus costos previos a la decisión final de inversión, y otro, sin intereses, para después de esa etapa.
Esa decisión final de inversión llegó recién en diciembre de 2025, 15 años después del hallazgo original, cuando Sea Lion pasó de ser un proyecto en evaluación a una obra en ejecución. El cierre financiero se completó ese mismo mes, con un esquema de deuda senior por US$1.000 millones —de los cuales US$350 millones corresponden a la porción de Rockhopper— sumado a ampliaciones de capital por US$142 millones a través de colocaciones accionarias y una oferta abierta a sus propios accionistas, cerrada en enero de 2026. Según un informe técnico independiente actualizado en abril de este año, las reservas 2P netas para Rockhopper en Sea Lion ascienden a unos 110 millones de barriles, con otros 211 millones de barriles en recursos contingentes 2C, y la compañía reportaba un saldo de caja de aproximadamente US$179 millones al cierre de 2025.
Una empresa chica para un proyecto grande
Ese contraste de escala es, quizás, el rasgo que mejor define a Rockhopper hoy: una compañía con una dotación que se cuenta con los dedos de las manos y una capitalización bursátil de unos pocos cientos de millones de libras, sosteniendo un tercio de un proyecto —Sea Lion— que en su conjunto demandará miles de millones de dólares y 30 años de explotación. En agosto de este año, una nueva evaluación técnica —que incorporó una aceleración del área de desarrollo central del yacimiento y supuestos de precios más favorables— sumó unos US$788 millones al valor presente neto de la participación del 35% que Rockhopper mantiene en el proyecto, según datos difundidos por la propia empresa a la Bolsa de Londres.
Ese envión, sin embargo, convive con un frente que la compañía no puede controlar desde sus oficinas de Salisbury: la disputa de soberanía entre Argentina y Reino Unido. Rockhopper ya fue declarada "clandestina" e inhabilitada para operar en territorio argentino durante 20 años en 2012, una sanción que el Gobierno de Javier Milei busca profundizar con nuevas herramientas legales. La respuesta de la compañía, medida y despojada de sobresaltos, fue la misma que sostuvo durante más de una década de idas y vueltas diplomáticas: las licencias de Sea Lion son válidas, cuentan con el respaldo británico y el proyecto sigue su curso. Habrá que ver, en los próximos meses, si esa calma corporativa resiste el nuevo capítulo que se abrió esta semana entre Buenos Aires, Londres y Washington.
