ver más

"La minería no va a salvar a la Argentina, pero será uno de los grandes motores del desarrollo"

El presidente de la CAEM, Roberto Cacciola, enfatiza que todos los sectores deberán aportar inteligencia y sentido común para superar las diferencias que traerá el boom de inversiones mineras en marcha.

El presidente de la Cámara Argentina de Empresas Mineras (CAEM), Roberto Cacciola, analiza el momento que atraviesa el sector, explica por qué el cobre dejó de ser una promesa, defiende el impacto del RIGI, advierte sobre la necesidad de planificar el crecimiento y ratifica que el país puede sumar hasta US$ 20.000 millones anuales en exportaciones mineras.

Mirá la entrevista completa

—Para alguien que lleva toda una vida en la minería, da la sensación de que hoy está viviendo un sueño. Después de tantos años viendo que el sector no terminaba de despegar, parece que finalmente llegó el momento.

—Definitivamente. Estamos atravesando un proceso en el que varias cosas dejaron de ser expectativas para convertirse en realidades. El caso más evidente es el del litio, que viene creciendo de manera sostenida. Y, al mismo tiempo, la gran deuda histórica de la minería argentina, que es el cobre, hoy empieza a presentarse como una realidad concreta.

Hasta hace poco, cuando se hablaba de minería en Argentina, siempre se hablaba de potencial. Y yo suelo insistir con una idea: el potencial no está en que existan los minerales, porque los minerales siempre estuvieron. El verdadero potencial consiste en desarrollar los proyectos. En ese punto es inevitable compararnos con Chile. No sabemos si tendremos el mismo volumen de recursos, pero sí sabemos que contamos con una cantidad muy importante de cobre ya identificada, suficiente para convertirnos en pocos años en un jugador relevante a nivel mundial.

Hoy Chile exporta más de 50.000 millones de dólares anuales en cobre. Argentina prácticamente no exporta nada. Sin embargo, con los proyectos que ya están definidos y listos para ingresar en producción, podríamos alcanzar cerca de un millón y medio de toneladas anuales. Eso implicaría exportaciones adicionales de entre 18.000 y 20.000 millones de dólares cuando todos esos proyectos estén operando a pleno.

Para quienes llevamos toda una vida vinculados a la minería, este es un momento muy especial. Tenemos que aprovecharlo y trabajar muy fuerte porque todavía hay muchos desafíos por delante, pero está claro que el escenario cambió por completo en los últimos años.

—¿Cuánto de ese cambio se explica por el RIGI? Da la sensación de que en cada encuentro del sector aparecen elogios al régimen, casi como si fuera la pieza que faltaba.

—Yo creo que faltaban varias cosas. El primer gran tema es que Argentina incumplió sistemáticamente durante los últimos 40 o 50 años. No entremos en discusiones políticas sobre desde cuándo; eso no agrega nada. Lo cierto es que hubo incumplimientos. Siempre digo que Argentina tiene una muy buena Ley de Inversiones Mineras, la Ley 24.196, sancionada en 1993, que funcionó muy bien hasta 2007. A partir de ahí comenzaron los incumplimientos.

Entonces, además del RIGI, hay otro aspecto muy importante: Argentina parece haber iniciado un camino que ojalá se consolide definitivamente, basado en el cumplimiento de las reglas, la estabilidad macroeconómica y definiciones muy claras. Incluso se ha producido un cambio cultural importante, más allá de los partidos políticos: entender que no se puede gastar más de lo que se recauda.

¿El RIGI fue importante? Sin dudas. Pero también lo son la seguridad jurídica y la estabilidad macroeconómica. El régimen tiene tres aspectos fundamentales. El primero está vinculado precisamente con los incumplimientos del pasado y es la posibilidad de que las empresas recurran a tribunales internacionales en caso de que Argentina incumpla sus compromisos.

El segundo tiene que ver con un problema que padecimos durante muchos años: el acceso a las divisas, tanto para importar como para distribuir dividendos. La libre disponibilidad creciente de divisas representa una señal muy clara sobre la dirección que pretende tomar el país. Y el tercer aspecto es la competitividad. El RIGI busca que Argentina pueda competir en igualdad de condiciones con países como Chile y Perú para atraer inversiones.

Si a todo eso le sumamos la estabilidad macroeconómica y, finalmente, la clarificación respecto de la protección de glaciares para los proyectos de cobre, tenemos los tres factores que explican por qué los grandes jugadores, que ya estaban presentes pero venían demorando sus decisiones, hoy finalmente comenzaron a invertir.

—¿No hace falta también un plan maestro? ¿O el hecho de que lleguen las inversiones garantiza que las cosas se hagan bien sin una planificación previa?

—Creo que tenemos que trabajar muy fuerte en ese aspecto. Y la Cámara está totalmente comprometida con esa tarea. Nosotros sostenemos que el efecto expansivo de la minería no debe limitarse únicamente a las provincias con recursos minerales. Venimos trabajando desde hace dos o tres años para involucrar también a las provincias con capacidad industrial, de manera que puedan transformarse en proveedoras de la actividad minera.

Por supuesto, las provincias mineras deben tener prioridad, especialmente en materia de servicios. Estamos de acuerdo con eso. Pero también creemos que esta política expansiva tiene que integrar a provincias que hoy no ven beneficios directos de la minería o que sienten que la actividad les resulta ajena.

Para lograrlo necesitamos mejorar la competitividad de la industria nacional. Hay muchos bienes que inevitablemente deberán importarse, pero todo aquello que pueda producirse en Argentina tiene que tener condiciones para competir. Eso requiere un trabajo conjunto. Hay cuestiones impositivas, regulatorias, competencias nacionales y provinciales. Pero el objetivo de largo plazo debe ser que la minería impulse no solamente a los proyectos mineros, sino también al desarrollo industrial del país.

Tenemos que pensar en una minería para los próximos cien años. Chile tiene proyectos que llevan más de un siglo produciendo y otros que ya superan los cuarenta o cincuenta años, con muchísimo futuro por delante. Lo mismo puede ocurrir en Argentina si somos inteligentes y sabemos administrar este momento extraordinario que estamos viviendo.

—Recién hablabas de esa expansión de la minería y me venía a la cabeza una especie de cruzada personal que parecés tener desde hace años: revertir la idea de que la minería no genera empleo.

—Ese es uno de los grandes temas. A medida que avancen los proyectos, el nivel de contratación va a ser realmente impresionante. Y para demostrarlo hay que dar datos concretos. Hoy hay siete proyectos de cobre listos para desarrollarse. Seis son de clase mundial por su escala de producción y uno es de mediana envergadura.

En promedio, durante la etapa de construcción, cada uno de esos proyectos va a requerir unas 7.000 personas trabajando en el yacimiento. Algunos demandarán más y otros menos, pero ese es un promedio razonable. Si todos avanzaran al mismo tiempo, estaríamos hablando de unos 50.000 empleos directos solamente en la etapa de construcción.

A eso hay que sumarle el efecto multiplicador. Existen distintos cálculos, pero siendo muy prudentes podemos estimarlo en dos veces y media. Es decir, por cada empleo directo se generan uno y medio adicionales entre proveedores, servicios y actividades vinculadas. En ese escenario, estaríamos hablando de aproximadamente 125.000 puestos de trabajo entre empleos directos e indirectos.

—Y eso solamente durante la construcción...

—Exactamente. Después llega la etapa de operación. Y hago una aclaración porque me parece importante. Para un país que lleva más de diez años prácticamente sin generar empleo privado, estas cifras son muy significativas. Además, trato de ser prudente. Hay quienes hablan de un efecto multiplicador mucho mayor. Puede ser cierto, pero tampoco podemos caer en estimaciones exageradas que después jueguen en contra del propio sector. Prefiero manejar números conservadores, que incluso podrían terminar siendo superados por la realidad.

En la etapa operativa disminuye la cantidad de trabajadores respecto de la construcción, pero igualmente estamos hablando de proyectos que, en promedio, emplearán unas 3.000 personas cada uno de manera permanente. Y ahí aparece otro aspecto muy importante: cuando esos siete proyectos entren en producción, ya habrá otros que hoy están en etapas menos avanzadas y comenzarán su propio proceso de construcción.

Es decir, la cadena no se corta. Habrá proyectos que irán reemplazando a otros y mantendrán un nivel de actividad muy elevado durante muchos años. Por eso hablamos de una industria con enorme capacidad para generar empleo de calidad.

Además, los salarios del sector minero triplican el promedio nacional y se trata, prácticamente en su totalidad, de empleo formal.

Ese también es un dato importante. Argentina tiene una minería completamente formalizada porque aquí operan las principales compañías mineras del mundo, que trabajan bajo estándares internacionales muy estrictos en materia de seguridad, medio ambiente y relaciones laborales.

Y hay otra ventaja que muchas veces no se menciona. Paradójicamente, como la gran expansión minera argentina es relativamente reciente, el país prácticamente no tiene pasivos ambientales históricos. No es lo mismo la minería de hace treinta o cuarenta años que la minería actual. Eso ocurre en todo el mundo. La actividad evolucionó enormemente en materia de seguridad, protección ambiental y condiciones laborales.

Siempre doy el mismo ejemplo. Hace décadas se premiaba al trabajador que asumía riesgos para terminar una tarea. Hoy sucede exactamente lo contrario: se sanciona a quien trabaja de manera insegura y se reconoce a quien se niega a realizar una tarea que pueda poner en riesgo su integridad.

Ese cambio cultural es mundial. La minería dejó hace mucho tiempo de ser la imagen del pico y la pala que todavía muchos conservan. Hoy es una actividad altamente tecnificada, con tecnología de última generación y estándares muy exigentes en todos los aspectos.

—En ese contexto, da la sensación de que inevitablemente se producirá una especie de "crisis de crecimiento". Pienso en los proveedores, en la infraestructura, en la discusión entre lo que se fabrica en el país y lo que debe importarse. Me imagino que la Cámara termina jugando permanentemente un rol de articulación entre provincias, Nación, empresas y sindicatos.

—Definitivamente. Y justamente por eso lanzamos el pasado 7 de mayo, en San Juan, la Mesa Federal Minera. Ese día celebramos el Día de la Industria Minera en una provincia donde se concentra buena parte de los grandes proyectos de cobre. Participaron gobernadores, autoridades nacionales, empresas, sindicatos y distintos actores vinculados al sector.

La idea es acompañar de manera inteligente este proceso de crecimiento, porque Argentina probablemente sea el único país que tenga tres o cuatro proyectos de cobre de clase mundial construyéndose al mismo tiempo. No existen muchos antecedentes de algo semejante.

Y a eso hay que agregarle toda la infraestructura asociada: rutas, líneas eléctricas, puertos, servicios y obras complementarias, que también demandarán una enorme cantidad de trabajadores. Si no actuamos con inteligencia, si cada uno defiende únicamente su propio interés, vamos a tener dificultades.

Por eso impulsamos esta Mesa Federal Minera. La idea es que el Poder Ejecutivo tenga un rol coordinador, pero que el trabajo concreto lo realicen las empresas mineras, los proveedores, los sindicatos y todos los actores involucrados. Quiero destacar especialmente la actitud tanto del gremio minero como de la UOCRA. Ambos entendieron desde el primer momento que tienen un papel central en este proceso y participaron activamente del lanzamiento.

Ahora el desafío es que esa mesa no quede solamente como una declaración de buenas intenciones, sino que se transforme en un ámbito permanente de trabajo para resolver todos estos desafíos que inevitablemente van a aparecer. Porque si alguien pregunta hoy si Argentina está completamente preparada para este proceso, la respuesta es clara: no. Vamos a tener que prepararnos mientras el crecimiento ocurre.

—El conflicto por la línea de alta tensión en San Juan quizás haya sido el primer ejemplo de esos desafíos. Recién empieza el desarrollo de los proyectos y ya aparecen tensiones.

—Es cierto. Pero tampoco hay que tenerles miedo a los conflictos, porque van a existir. Lo importante es tener la inteligencia para resolverlos. Si hacen falta obras adicionales, habrá que hacerlas. Si hay que coordinar intereses distintos, habrá que sentarse a dialogar.

Lo fundamental es no perder de vista el objetivo común, que es que estos proyectos puedan desarrollarse. Hace poco participé en un foro en Perú junto a representantes de Chile, Brasil y otros países de la región. Yo les decía que Argentina todavía tiene mucho trabajo por delante porque Chile y Perú llevan cuarenta o cincuenta años de estabilidad económica. Incluso Perú, con toda su inestabilidad política, logró mantener una política minera consistente durante décadas.

Hoy existe una enorme expectativa porque vivimos un momento excepcional para la minería. Los precios acompañan y el mundo necesita minerales críticos. Entre Chile, Perú y Argentina vamos camino a concentrar una parte muy importante de la producción mundial de cobre y litio. Por eso vuelvo siempre al mismo concepto: tenemos que aprender de los errores del pasado, actuar con inteligencia y construir consensos. Esa será la única manera de atravesar con éxito esta crisis de crecimiento.

—A nivel conceptual, ¿la ley de Desarrollo de Proveedores sancionada en San Juan, que apunta más a objetivos que a cupos, le parece el camino correcto?

—Sí. En principio, yo no soy partidario de los cupos. Creo que lo importante es trabajar seriamente para identificar qué puede proveerse desde la provincia y qué capacidades pueden desarrollarse. Y esto vale no solamente para San Juan, sino para todo el país.

Ya existen otros modelos similares y, en la práctica, muchas veces los cupos no terminan resolviendo demasiado. Lo que realmente hace la diferencia es un proceso transparente, inteligente y orientado a encontrar las mejores soluciones para cada caso. Creo que el sector tomó esta ley como una herramienta que puede resultar útil, aunque también hay que ser muy cuidadosos en su aplicación.

Toda norma depende, en definitiva, de cómo se implemente. Lo importante es que las provincias puedan preservar sus prioridades, pero al mismo tiempo permitir la participación de empresas de otras jurisdicciones, especialmente argentinas, para que el efecto multiplicador de la minería alcance a todo el país.

—No quiero terminar sin preguntarte por el oro. Es un sector al que estuviste vinculado durante gran parte de tu carrera y que quizás hoy queda un poco opacado por el protagonismo del cobre y el litio. Sin embargo, los precios internacionales atraviesan un momento extraordinario. ¿Cómo ves las perspectivas?

—Son buenas noticias, aunque hay que tener paciencia. Cuando hablamos de oro, en realidad también hablamos de plata, porque ambos minerales suelen estar asociados. El problema es que Argentina apostó muy fuerte por el oro y la plata hace quince o veinte años. Pero, debido a todas las dificultades macroeconómicas que atravesó el país, los proyectos que hoy están en producción ingresaron en una etapa de madurez muy avanzada. Eso significa que, en términos generales, la producción actual se encuentra en una fase de declinación.

Es cierto que los precios atraviesan un momento excelente, pero necesitamos que la exploración vuelva a crecer para compensar esa caída natural. Proyectos como Calcatreu o Diablillos son muy buenas noticias. Calcatreu acaba de comenzar su desarrollo y aportará producción, pero todavía no tiene la escala suficiente como para modificar por sí solo el panorama del sector.

Hoy el oro no es una actividad que esté creciendo en términos generales. Sí hay nuevos proyectos y un mayor interés por explorar, pero creemos que todavía hace falta un impulso mucho mayor. Esperamos que las propias empresas que ya operan en Argentina profundicen la exploración y desarrollen nuevos proyectos.

Hay provincias con un enorme potencial para el oro y la plata. Santa Cruz sigue siendo el principal productor del país y confiamos en que continúe incorporando nuevos desarrollos. Y, por supuesto, también esperamos que en algún momento Chubut pueda avanzar con el proyecto Navidad.

—¿Ahí lo que falta es una decisión política?

—Creo que todavía hay varios temas por resolver. Pero también es cierto que las comunidades cercanas al proyecto vienen reclamando desde hace tiempo que pueda desarrollarse. Hay un proceso de maduración que todavía debe completarse.

La sociedad también empieza a comprender que la minería no va a salvar por sí sola a la Argentina, pero sí puede hacer un aporte muy importante para ayudar al país a salir de una situación compleja.

—Tal vez ese sea justamente el cambio de perspectiva que hace falta. Muchas veces esperamos que una sola actividad resuelva todos los problemas del país. Y quizás alcance con que sea uno de los grandes motores del desarrollo, sin cargarle la responsabilidad de ser el único.

—Exactamente. Nosotros mismos tenemos que ser prudentes. La minería no es la salvación de la Argentina, pero sí va a realizar un aporte muy importante. Va a generar una balanza comercial muy positiva, va a crear empleo de calidad y va a atraer inversiones de largo plazo. Pero también hay que tener presente que Argentina tiene 47 millones de habitantes. En el mejor escenario posible, con todos estos proyectos funcionando, podríamos hablar de entre 200.000 y 300.000 puestos de trabajo entre empleos directos e indirectos.

Si pensamos en las familias alcanzadas por esos empleos, estamos hablando de cerca de un millón de personas beneficiadas. Y eso es tomando únicamente los proyectos que hoy son una realidad tangible, no todo el potencial que todavía queda por desarrollar.

La minería será uno de los grandes motores del crecimiento argentino. Pero también necesitamos que otras actividades acompañen ese proceso y que el país mejore la competitividad de toda su estructura productiva. Si logramos eso, cada sector podrá hacer su aporte y Argentina tendrá más empleo, más producción y una mejor calidad de vida para todos.