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El sol del Sáhara y el viento de la Patagonia: lo que Argentina puede aprender del modelo exportador de Marruecos

Mientras el norte de África reescribe la geopolítica energética del Mediterráneo, Argentina tiene recursos comparables y un camino propio aún sin recorrer del todo.

El 28 de abril de 2025, cuando la red eléctrica española colapsó en cuestión de segundos y dejó sin luz a más de 50 millones de personas, algo ocurrió en el Estrecho de Gibraltar que pasó casi inadvertido entre el caos: Marruecos, que habitualmente compra energía a España, conectó su red a través del Estrecho para reactivar las centrales del sur de la Península Ibérica. A última hora de ese mismo día, Marruecos exportaba a la península unos 519 megavatios, el 11,5% de su electricidad disponible. No era energía solar —era una combinación de carbón y gas— pero el dato geopolítico era elocuente: por primera vez en décadas, el flujo de dependencia energética entre Europa y el norte de África se había invertido, aunque fuera por unas horas.

Ese episodio es la imagen más concreta de una transformación que lleva años cocinándose a fuego lento y que ahora empieza a acelerarse. Marruecos no es todavía el gran proveedor renovable de Europa —eso es un proyecto, no una realidad consumada— pero sí ha construido, con paciencia y con recursos genuinos, una posición estratégica que ningún país del Mediterráneo puede ignorar. Tampoco Argentina, que tiene recursos renovables comparables y una ventana de oportunidad que todavía no ha sabido traducir en infraestructura exportadora a la escala que el momento exige.

Qué tiene Marruecos que no es mito

Conviene ser preciso, porque la narrativa viral sobre el tema suele mezclar realidades con aspiraciones. El programa Noor Atlas que hoy existe es un conjunto de seis plantas fotovoltaicas en construcción con una capacidad combinada de 305 MW, financiado por el banco de desarrollo alemán KfW y el Banco Europeo de Inversiones, con puesta en marcha prevista para julio de 2027. No los 20.000 MW que circulan en redes sociales, cifra que no tiene respaldo en ninguna fuente primaria verificable.

Lo que sí es real, verificable y políticamente relevante es otra cosa. Marruecos ya cuenta con cables de interconexión eléctrica con España y avanza en proyectos de hidrógeno verde, amoníaco renovable y combustibles sintéticos enfocados al mercado europeo. A través de la actualización de su marco legal, el gobierno marroquí eliminó barreras administrativas para los inversores privados y reguló por primera vez el vertido de excedentes a la red nacional, con un plan de inversión de 12.000 millones de dólares para modernizar la infraestructura eléctrica hasta 2026. Y la meta oficial es que las energías renovables representen el 52% de su capacidad instalada para 2030, frente al 42% actual.

La interconexión España-Marruecos existe desde 1997 y opera con dos cables submarinos. Los dos cables existentes entre España y Marruecos son las únicas interconexiones eléctricas de Europa con África, y hay un tercer enlace planificado de 700 MW que permitirá integrar energías renovables, principalmente fotovoltaicas, en el sistema europeo. Esa infraestructura, modesta comparada con los grandes corredores de transmisión intraeuropeos, es sin embargo la que permitió el episodio del apagón de abril. Y es la base sobre la que Marruecos construye su argumento ante Bruselas: no solo soy un proveedor potencial, soy ya una red de respaldo.

Marruecos gas

Tanques de gas en Marruecos.

La geopolítica del sol norteafricano

El tablero cambió por completo con la guerra de Ucrania. La crisis energética posterior obligó a la Comisión Europea a acelerar la búsqueda de proveedores alternativos en el norte de África para romper con la dependencia rusa. En este nuevo escenario, Marruecos gana peso en los despachos de Bruselas. No es el único actor que se mueve en ese espacio: Argelia sigue siendo el principal proveedor de gas natural a Italia y España vía gasoducto, y Mauritania avanza en sus propios proyectos de energía renovable. China, por su parte, participa activamente en el financiamiento y construcción de infraestructura solar y eólica en toda la región del Sahel, como lo hace en casi todos los mercados emergentes de energía del mundo.

Lo que distingue a Marruecos del resto es la combinación de tres factores difíciles de replicar rápidamente: proximidad geográfica con Europa —el Estrecho de Gibraltar mide apenas 14 kilómetros en su punto más angosto—, infraestructura de interconexión ya existente, y un marco regulatorio que se ha ido ordenando con coherencia durante más de una década. El país se beneficia de más de 3.000 horas de exposición solar al año, con una irradiación de más de 5,6 kilovatios por hora, y cuenta con 3.500 kilómetros de costa atlántica para el desarrollo eólico. Eso no es una promesa: es una condición física verificable que sustenta cualquier modelo de exportación energética.

El otro dato que merece atención es el proyecto Xlinks, que planea conectar Marruecos directamente con el Reino Unido a través de un cable submarino de 3.800 kilómetros. El gobierno británico no lo respaldó en 2024-2025 y la iniciativa se reorientó hacia Francia, donde ya tiene una filial operativa. El proyecto en sí permanece sin financiamiento definitivo, pero su sola existencia como conversación seria entre gobiernos e inversores dice algo sobre hacia dónde miran quienes planifican la energía europea de la próxima década.

El espejo argentino: recursos abundantes, desarrollo rezagado

Argentina tiene condiciones físicas que no envidian al norte de África. La Patagonia concentra algunos de los mejores recursos eólicos del mundo —vientos constantes, predecibles y de alta intensidad durante todo el año—. El noroeste argentino, con la Puna y el desierto de Atacama, registra niveles de irradiación solar entre los más altos del planeta. Argentina presenta uno de los mayores recursos solares de la región, especialmente en el noroeste, aunque su capacidad instalada rondaba apenas 1,7 a 1,9 GW hacia 2024-2025, muy por debajo de sus vecinos, con un despliegue condicionado por restricciones macroeconómicas, financiamiento limitado y cuellos de botella en infraestructura eléctrica.

La brecha con Marruecos no es de recursos: es de marco regulatorio, financiamiento

marruecos

El gasoducto que une Marruecos con España atraviesa el Estrecho de Gibraltar.

y decisión política sostenida en el tiempo. Mientras Rabat lleva más de 15 años construyendo su estrategia exportadora paso a paso, Argentina acumula anuncios de proyectos transformadores que no siempre llegan a concretarse. El caso más elocuente es el de Fortescue: la firma australiana planeaba invertir más de US$ 8.400 millones en un megaproyecto de hidrógeno verde en Río Negro, pero el emprendimiento se trasladó a Brasil ante la ausencia de un marco regulatorio.

Hoy ese marco se está construyendo, aunque tarde. El proyecto de ley presentado en 2025 por diputados del oficialismo establece un régimen normativo para promover inversiones en hidrógeno renovable y de bajas emisiones, estimando que para 2050 Argentina podría producir al menos 5 millones de toneladas anuales y generar exportaciones por hasta 15.000 millones de dólares. El RIGI, por su parte, ya atrae interés de inversores internacionales en el sector renovable. El Proyecto Gaucho, financiado por Alemania, planea utilizar un parque eólico de 4,2 GW en la Patagonia para alimentar electrolizadores y producir hasta 1,7 millones de toneladas de amoníaco verde anuales, principalmente destinadas a la exportación hacia Europa.

El vector que falta: infraestructura de transmisión y conexión regional

El paralelo con Marruecos no es solo retórico. En ambos casos, el recurso natural existe; la diferencia está en quién construyó antes el cable, literal y metafóricamente. Marruecos exporta porque tiene infraestructura de conexión con el mercado comprador. Argentina exportaría renovables —o hidrógeno verde como vector de esa energía— si construye la infraestructura de transmisión interna y los puertos de salida necesarios para llegar a los mercados. El paralelo del gas es útil aquí: Vaca Muerta solo empezó a generar divisas reales cuando se construyó el gasoducto Néstor Kirchner y se avanzó en la infraestructura de exportación hacia el Atlántico. Las renovables no son distintas en ese sentido: sin red de transmisión y sin punto de salida, el recurso queda atrapado en el territorio.

Europa planea importar hasta el 70% del hidrógeno que necesita en la próxima década. Alemania proyecta que para 2030 va a requerir importar entre el 50% y el 70% de su demanda total. Esa demanda no esperará indefinidamente: los contratos de largo plazo se firman con quien tiene certeza jurídica y capacidad de entrega. Marruecos entendió esa lógica hace quince años y lleva quince años construyendo en esa dirección. Argentina tiene los recursos para jugar en ese tablero. La pregunta es si construirá la infraestructura —física y regulatoria— antes de que los contratos europeos estén todos firmados con otros.