El FMI viene de visita a Vaca Muerta, pero prende una luz amarilla por los dólares

Georgieva visitará Neuquén a fin de mes, luego de que el organismo advirtiera sobre el riesgo de "enfermedad holandesa" para la economía argentina.

El Fondo Monetario Internacional, que conduce Kristalina Georgieva, mantiene su apoyo al Gobierno de Javier Milei.

El Fondo Monetario Internacional, que conduce Kristalina Georgieva, mantiene su apoyo al Gobierno de Javier Milei.

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La directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, visitará la Argentina entre el 27 y el 29 de julio. En la agenda figura una reunión con el presidente Javier Milei, una charla en el Palacio Libertad, una conferencia de prensa en el Ministerio de Economía y, como punto saliente, una recorrida por Vaca Muerta. Será la primera vez que la máxima autoridad del organismo pise suelo argentino desde que Christine Lagarde lo hizo en el marco de una cumbre del G20, y la primera visita de un funcionario de alto rango del Fondo desde febrero de 2024, cuando la entonces subdirectora gerente Gita Gopinath recorrió el país en plena negociación del programa vigente.

La foto que busca el Gobierno es clara: mostrarle al organismo que financia a la Argentina con US$20.000 millones el activo que, según la city y buena parte del propio staff técnico del Fondo, va a sostener la macroeconomía de los próximos años. Pero la relación entre el FMI y el boom de Vaca Muerta no se agota en el entusiasmo. En el staff report que acompañó la aprobación de la segunda revisión del programa, el organismo introdujo una advertencia que empezó a circular con fuerza en las últimas semanas entre economistas y funcionarios: el riesgo de que la Argentina desarrolle una versión propia de la llamada "enfermedad holandesa".

El concepto no es nuevo, pero rara vez había aparecido con este nivel de literalidad en un documento oficial del Fondo sobre el país. El texto plantea que el Gobierno deberá mantener un tipo de cambio real competitivo y acelerar la acumulación de reservas para evitar los desafíos de ese fenómeno, que podría afectar particularmente a los sectores intensivos en mano de obra en un contexto de auge del sector primario. Es, en otras palabras, una alerta temprana: el mismo boom exportador que el organismo celebra como fuente de divisas puede terminar licuando la competitividad de la industria y el empleo que no tienen nada que ver con el petróleo, el gas o el litio.

Javier Milei y Luis Caputo con Kristalina Georgieva.

Javier Milei y Luis Caputo con Kristalina Georgieva.

Qué es y por qué preocupa

El término nació en los Países Bajos en la década de 1960, cuando el descubrimiento de gigantescos yacimientos de gas natural en el Mar del Norte generó un ingreso extraordinario de divisas que apreció con fuerza el florín. La consecuencia fue una industria manufacturera holandesa que perdió competitividad frente al resto del mundo, no por ineficiente, sino porque su propia moneda se había vuelto más cara como efecto colateral de la bonanza energética. Desde entonces, el concepto se aplicó a decenas de economías con abundancia de recursos naturales, desde Noruega hasta Nigeria, con resultados muy distintos según la calidad de las políticas públicas que acompañaron el boom.

En el caso argentino, la discusión tiene un condimento adicional: la balanza comercial energética. Según datos oficiales, el superávit energético acumulado hasta abril fue de US$3.281 millones, un 45% más que en igual período de 2025, impulsado tanto por precios internacionales como por el crecimiento de las exportaciones de petróleo y gas de Vaca Muerta. Con esa dinámica, el año se encamina a superar el saldo positivo de US$7.815 millones registrado en 2025. A eso se suma el aporte creciente de la minería, con el litio ya en producción récord y el cobre asomando como el próximo gran vector exportador.

El propio FMI no ignora la ambivalencia: en el mismo documento reconoce que los sectores energético y minero argentinos ofrecen "un potencial de exportación considerable", pero aclara que ese potencial exige ajustar con cuidado la política cambiaria para evitar ciclos de auge y caída. La recomendación central pasa por sostener un esquema de flotación más flexible del tipo de cambio, en lugar de un ancla fija que termine sobrevaluando el peso a medida que ingresan los dólares del boom.

Loma Campana, en Añelo, corazón de Vaca Muerta, Neuquén.

Loma Campana, en Añelo, corazón de Vaca Muerta, Neuquén.

El debate que divide a los economistas

No todos coinciden en que el fenómeno ya esté en marcha. Economistas como Federico Bulat señalan que resulta difícil hablar de enfermedad holandesa mientras el Banco Central sostiene reservas netas negativas: si en efecto hubiera un boom exportador puro, ese ingreso de divisas debería estar sirviendo para sanear el balance del organismo, no compitiendo con otras fuentes de dólares. Desde Econviews, en tanto, se sostiene una posición intermedia: el fenómeno no estaría ocurriendo todavía, pero el combo de Vaca Muerta y minería lo vuelve un escenario plausible hacia adelante.

Otras voces del sector privado, como el economista Gabriel Caamaño, cuestionan directamente la coherencia del argumento oficialista: si la enfermedad holandesa implica que ciertos sectores se contraen o desaparecen porque los recursos se reasignan hacia el sector en auge, no puede sostenerse al mismo tiempo que las nuevas divisas simplemente "se suman" a las que ya generaban el agro y la industria. Para que haya enfermedad holandesa en sentido estricto, alguien tiene que perder.

El propio ministro de Economía, Luis Caputo, contribuyó a instalar la discusión al proyectar públicamente que, en seis años, el saldo exportador combinado de energía y minería podría equivaler a dos veces el del agro, unos US$50.000 millones. Es exactamente el tipo de proyección que, si se cumple, obliga a preguntarse qué pasa con el resto de la economía mientras el país se llena de dólares provenientes de dos sectores muy intensivos en capital y poco en empleo.

Una visita con doble lectura

La recorrida de Georgieva por Neuquén, entonces, no es un gesto protocolar más. Llega en un momento en que el propio staff técnico del organismo puso el debate sobre la mesa en un documento formal, y en que la city discute a diario si el tipo de cambio actual refleja genuinamente la productividad de la economía argentina o si empieza a incorporar, por anticipado, dólares que todavía no llegaron.

Para el Gobierno, la visita es una oportunidad de mostrar en terreno el activo que sostiene buena parte de su narrativa de mediano plazo. Para el Fondo, es la posibilidad de verificar de cerca si las políticas que acompañan ese boom —desde el esquema cambiario hasta el ritmo de acumulación de reservas— están a la altura del desafío que el propio organismo identificó en sus papers. Vaca Muerta va a seguir generando dólares. La pregunta que empieza a instalarse en Washington y en Buenos Aires es qué va a pasar con todo lo demás.

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