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El pueblo de Catamarca que el litio transformó: Fiambalá vive entre la bonanza prometida y los miedos

Fiambalá, Catamarca, vive la transformación del litio con el proyecto Tres Quebradas, con promesas de bonanza y temores por la escasez de agua y la cercanía de la planta de procesamiento. El turismo y la vida comunitaria se ven afectados.

Fiambalá siempre fue un lugar improbable. Un oasis enclavado entre el desierto y la Cordillera de los Andes, rodeado por 19 volcanes que superan los 6.000 metros, con aguas termales, dunas consideradas entre las más altas del mundo y lagunas altoandinas de un azul que parece digital. Durante décadas, esa improbabilidad fue su capital. El turismo de aventura, los amantes del Dakar y los buscadores de paisajes extremos sostenían una economía pequeña pero con identidad propia. Luego llegó el litio, y Fiambalá dejó de ser solo una postal.

Hoy, la ciudad del departamento de Tinogasta es el epicentro del proyecto Tres Quebradas, operado por la empresa china Zijin Mining Group a través de su filial local Liex. El salar homónimo se ubica a 30 kilómetros de la frontera con Chile, dentro del denominado Triángulo del Litio, donde se concentra cerca del 60% de las reservas mundiales del mineral. No es un proyecto menor ni lejano: el emprendimiento arrancó su producción industrial en 2025 con una capacidad de 20.000 toneladas anuales de carbonato de litio, con una vida útil estimada de 50 años, y cuenta con aprobación oficial para una eventual ampliación que llevaría la producción a 60.000 toneladas anuales.

La pregunta que recorre Fiambalá no es si el litio llegó para quedarse —eso ya está resuelto—, sino qué tipo de transformación está produciendo y quién paga el costo.

La planta que se instaló a metros del pueblo

El modelo logístico del proyecto es claro: extraer el litio del salar Tres Quebradas en plena cordillera, realizar el primer procesamiento allí y trasladar la salmuera preconcentrada hacia una planta de elaboración ubicada en el ingreso mismo a la ciudad de Fiambalá. Una vez obtenido el carbonato de litio, el producto sale hacia el Pacífico a través del Paso San Francisco, en Chile.

Esa planta urbana es el nudo del conflicto. Vecinos autoconvocados señalan que una de las instalaciones opera las 24 horas a pocos metros del ejido urbano, y que en determinados momentos el aire "se vuelve irrespirable". La Asamblea Fiambalá Despierta, que nuclea a vecinos y organizaciones sociales activos desde 2016, exige el traslado de la planta a un mínimo de diez kilómetros del área urbana, y también reclama un estudio pormenorizado sobre el impacto en "suelo, cielo y agua".

En febrero de 2026, mientras representantes de los ministerios de Minería, Ambiente y Obras Públicas se reunían con cámaras económicas y proveedores locales, vecinos cortaron la ruta frente al centro cultural de la ciudad para exigir respuestas concretas a un petitorio que, denuncian, sigue sin respuesta oficial. Entre sus reclamos, señalan una reducción del 30% en el caudal de la laguna Celeste, ubicada en las cercanías de la planta.

Fiambala, Catamarca

Un paisaje de Fiambalá, en Catamarca, Argentina.

El agua que falta y las lagunas que bajan

El tema más sensible —y el que más resiente la identidad turística del lugar— es el hídrico. Vecinos denuncian descensos de hasta cinco metros en el nivel de la Laguna Verde. Este fenómeno coincide temporalmente con la expansión del proyecto Tres Quebradas, que requiere grandes volúmenes de agua para la extracción del mineral.

La conexión entre la actividad minera y la caída del nivel de las lagunas no está científicamente confirmada de manera concluyente —hay que decirlo con precisión periodística—, pero los indicios acumulados son suficientes para que investigadores académicos enciendan alertas. La doctora Patricia Marconi, especialista en ecología y conservación de humedales egresada de la Universidad de Buenos Aires, advirtió que la extracción del litio en salares —ecosistemas sumamente frágiles y hábitats críticos para fauna como los flamencos— se realiza mediante métodos evaporíticos que consumen entre un millón y dos millones de litros de agua por tonelada de litio producida, y que en el caso de las lagunas altoandinas de Fiambalá, la minería afecta el caudal de estas fuentes.

Según estimaciones de investigadores que relevaron el proyecto, el emprendimiento requeriría del orden de 40 millones de litros de agua por año. Para dimensionarlo: ese volumen equivale al que una persona usaría lavando platos dos veces al día durante más de 10.000 años. La empresa, por su parte, sostiene que opera bajo estrictos controles ambientales y con monitoreo permanente de organismos provinciales.

Litio en Fiambalá, Catamarca

El derrame de marzo y la licencia social en riesgo

El 25 de marzo de 2026, un camión de Zijin-Liex que transportaba salmuera desde el salar Tres Quebradas volcó en las cercanías de Fiambalá. El incidente ocurrió de madrugada, a apenas 50 metros de la vivienda de una familia del paraje Chaschuil. Al día siguiente, los vecinos comprobaron que la salmuera había alcanzado el río del que beben animales y pobladores de la zona. Según testimonios recogidos por medios locales, ese habría sido el tercer episodio de derrame en apenas siete meses.

El episodio recrudeció el debate sobre la fiscalización de las operaciones. Desde la Asamblea Fiambalá Despierta, su referente Gostissa fue contundente: "Lo que vemos es que hay una presión económica muy grande para que las corporaciones se instalen y empiecen a producir, pero no hay estándares altos para un proceso de evaluación del informe de impacto ambiental y controles posteriores".

Fiambala, Catamarca 3

La pintoresca plaza de Fiambalá, en Catamarca, Argentina.

La bonanza que no llega al mostrador

El otro frente de malestar es económico, y es quizás el más difícil de sostener para quienes defienden el modelo sin matices. En asambleas y encuentros comunitarios, los vecinos de Fiambalá reiteraron un reclamo central: la participación en los beneficios económicos del sector es mínima mientras la explotación de recursos naturales sigue creciendo. Exigen que las empresas mineras prioricen la contratación de trabajadores locales y la compra de insumos a proveedores fiambalenses.

Operadores turísticos, por su parte, denuncian una caída sostenida en la actividad. Señalan que hay menos visitantes y que experimentan dificultades de abastecimiento de agua, lo que afecta directamente a alojamientos y servicios locales. El circuito de las lagunas, las termas y los seismiles fue durante años el motor de una economía de escala humana. Si ese atractivo mengua, no hay regalía provincial que lo compense en el mostrador de un hospedaje de Fiambalá.

El gobierno provincial, por su parte, apuesta a que la minería financie infraestructura local. En febrero de 2026, el gobernador Raúl Jalil y el intendente Raúl Úsqueda encabezaron una audiencia participativa en la que se anunciaron obras financiadas con recursos mineros: la puesta en valor de las Termas de Fiambalá, la construcción de un polideportivo municipal y la finalización del camino a Chuquisaca para conectar a Fiambalá con Antofagasta de la Sierra. Además, la empresa Zijin-Liex comprometió un aporte extraordinario de 400.000 dólares para adquirir una ambulancia para la localidad de Laguna Blanca.

Son gestos concretos. La pregunta es si alcanzan para construir un pacto territorial duradero.

El dilema que Fiambalá comparte con el planeta

Lo que ocurre en Fiambalá no es una anomalía local. Es un caso emblemático de una tensión que recorre todo el Triángulo del Litio y que la transición energética global ha vuelto urgente: el mineral que se necesita para descarbonizar la economía mundial se extrae en algunos de los ecosistemas más frágiles del planeta, en comunidades que rara vez ven reflejada en su vida cotidiana la magnitud de lo que está en juego.

Los ciclos de suba y estabilización del precio del litio, especialmente evidentes durante 2024 y principios de 2025, han generado ajustes en los cronogramas de inversión sin que ello implique una pérdida del interés estratégico por parte de las empresas operadoras. El negocio, con sus vaivenes, sigue. La comunidad, mientras tanto, procesa una transformación que nadie le explicó del todo antes de que ocurriera.

Fiambalá no es un pueblo que se oponga en bloque a la minería. Hay vecinos que trabajan en Tres Quebradas, comercios que proveen insumos, funcionarios que creen genuinamente en el desarrollo. Pero también hay una asamblea activa desde hace casi una década, lagunas que bajan, un derrame en marzo y una pregunta que ninguna audiencia participativa terminó de responder: ¿qué queda aquí cuando el litio se acabe?