El "Mundial verde" de la FIFA tiene un problema que ningún panel solar puede resolver: trasladarse entre sedes

La organización destaca que 12 de los 16 estadios usan energía renovable. Las estimaciones independientes calculan entre 7,8 y 9 millones de toneladas de CO2, casi todo por los viajes entre sedes.

Un avión de American Airlines, con el logo del Mundial 2026.

Un avión de American Airlines, con el logo del Mundial 2026.

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La FIFA encontró en este Mundial un argumento de marketing ambiental difícil de resistir: 12 de los 16 estadios del torneo utilizan energías renovables o paneles solares de última generación, una proporción que ningún Mundial anterior pudo exhibir. El problema es que esa cifra, exacta y verificable, cuenta apenas una parte de la historia energética del torneo más grande en la historia de la institución. La otra parte la están calculando, con bastante menos entusiasmo, organizaciones ambientales y especialistas en huella de carbono.

Las proyecciones disponibles ubican las emisiones totales del torneo entre 7,8 y 9 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente, una cifra que lo convertiría en el evento deportivo más contaminante jamás registrado, a pesar -o más bien debido a- la presencia masiva de renovables en la infraestructura fija. La aparente contradicción tiene una explicación bastante simple: la eficiencia energética de un estadio no compensa la escala logística de mover a cientos de miles de personas a través de tres países.

Qatar 2022, pese a sus propias polémicas ambientales, tenía una ventaja estructural que esta edición no replica: las cinco sedes principales estaban a una distancia mínima entre sí, dentro de un país pequeño, lo que acotaba drásticamente los traslados. El formato expandido a 48 selecciones -el cambio comercial más exitoso de la era Infantino para las finanzas de la FIFA- obligó a dispersar las sedes a lo largo de Estados Unidos, México y Canadá, multiplicando los kilómetros que cada hincha necesita recorrer para seguir a su equipo de fase de grupos a octavos, y de octavos a cuartos.

El Levi's Stadium, en California, tiene más de 1.150 paneles solares instalados en pérgolas, terrazas y zonas de circulación.

El Levi's Stadium, en California, tiene más de 1.150 paneles solares instalados en pérgolas, terrazas y zonas de circulación.

Cuando la pelotita ecológica no cambia el resultado

El cálculo que más incomoda a la narrativa oficial es el del desplazamiento interno. Según las estimaciones disponibles, cada hincha que sigue a su selección entre distintas sedes de Estados Unidos, México y Canadá podría emitir, solo en esos traslados internos, hasta cuatro veces más gases de efecto invernadero que los que generaba un espectador completo durante toda su estadía en los Mundiales de la década pasada. Es una multiplicación que ningún panel solar instalado en un estadio puede compensar, porque ataca una variable completamente distinta del problema: el transporte de personas, no el consumo eléctrico de los recintos.

Esa es, justamente, la crítica central que distintas organizaciones ambientales vienen planteando: promocionar un "Mundial verde" basándose únicamente en la eficiencia de los estadios constituye, según sus términos, un caso de lavado de imagen ecológico. La infraestructura deportiva puede funcionar de manera impecable puertas adentro -y de hecho lo hace, con sistemas de climatización de última generación y paneles solares que cubren el consumo de temporadas completas en estadios como el Levi's de California-, pero el impacto ambiental real de un torneo de este tamaño no se mide en los 90 minutos de juego. Se mide en cada vuelo, cada traslado terrestre y cada noche de hotel multiplicada por millones de personas durante 39 días de competencia.

Un avión cerca de aterrizar en el aeropuerto de San Diego, Mundial 2026.

Un avión cerca de aterrizar en el aeropuerto de San Diego, Mundial 2026.

Energía solar de sobra, kilómetros de más

El contraste entre ambos planos del problema queda especialmente claro al mirar los casos puntuales que la FIFA exhibe con orgullo. El Levi's Stadium, en California, tiene más de 1.150 paneles solares instalados en pérgolas, terrazas y zonas de circulación, con una potencia conjunta de 375 kW capaz de cubrir el consumo eléctrico de toda una temporada regular de fútbol americano. El Estadio Akron, en Guadalajara, suma otros 180 kW de generación solar. Son, en ambos casos, logros reales de eficiencia energética aplicada a infraestructura deportiva. Ninguno de los dos, sin embargo, tiene ningún efecto sobre la cantidad de aviones que vuelan entre Los Ángeles y Guadalajara durante la fase de grupos.

La paradoja de fondo, entonces, no es que la FIFA mienta sobre sus estadios solares: es que esa verdad parcial se usa para tapar una cuenta mucho más grande, la que realmente define si un evento es sostenible o no. El torneo más grande de la historia de la FIFA, con 48 selecciones y 104 partidos repartidos en tres países, iba a tener una huella de carbono enorme sin importar cuántos paneles solares se instalaran en las tribunas. El error no está en sumar energía renovable a los estadios -eso suma, y suma bien-. Está en vender esa suma como si fuera la respuesta a una pregunta mucho más incómoda, la del avión que cada hincha toma para llegar a tiempo al próximo partido.

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