El Brent cayó a US$ 70 y los surtidores aumentan: por qué el precio del petróleo baja pero la nafta no
El Gobierno aplicó desde el 1° de julio un aumento impositivo del 1% y dejó para agosto un remanente acumulado desde 2024. Si el barril perfora los US$ 65, el desacople se vuelve insostenible.
El mercado internacional de petróleo cerró el 1° de julio en uno de sus niveles más bajos en cuatro meses: el Brent tocó los US$71,57 por barril y el WTI llegó a US$68,58. En el mismo día, los surtidores argentinos reflejaban un aumento del 1% en la nafta y el gasoil, formalizado mediante el Decreto 562/2026 publicado en el Boletín Oficial con las firmas del presidente Javier Milei, el ministro Luis Caputo y el jefe de Gabinete Diego Santilli. El petróleo bajando y la nafta subiendo: una paradoja que tiene explicación técnica pero que cada vez resulta más difícil de sostener políticamente, sobre todo si la tendencia bajista del barril se profundiza en los próximos meses.
La caída del Brent no es un evento aislado ni una corrección técnica de corto plazo. Responde a una confluencia de factores que los analistas del mercado describen como una reversión estructural de la prima de riesgo geopolítico acumulada durante el primer semestre. El 17 de junio, Washington y Teherán firmaron un memorando de entendimiento temporal de 60 días que redujo drásticamente la tensión sobre el estrecho de Ormuz. La OPEP+ anunció incrementos de producción para agosto. Los Emiratos Árabes Unidos restauraron exportaciones a más de 3,9 millones de barriles diarios. El resultado fue una caída del 25,9% en el precio del Brent durante el último mes, según datos de Trading Economics, que lo llevó a niveles similares a los de principios de marzo, antes del pico geopolítico.
Para Argentina, que produce crudo en Vaca Muerta y exporta una porción creciente de esa producción, la caída del barril tiene una doble lectura. Por un lado, reduce el ingreso en dólares por cada barril exportado, lo que impacta en la rentabilidad de los proyectos en desarrollo y en las estimaciones de divisas que el propio Gobierno viene usando como argumento para el RIGI y para el VMOS. Por otro, debería —en teoría— abaratar el componente del precio de los combustibles que corresponde al valor del crudo, aliviando la presión sobre los precios en surtidor. Que eso no esté ocurriendo tiene una explicación que se llama Impuesto sobre los Combustibles Líquidos.
El mecanismo del rezago impositivo
El Decreto 562/2026 es el último eslabón de una cadena de decisiones que arranca en 2024. La Ley 23.966, que regula el Impuesto sobre los Combustibles Líquidos (ICL) y el Impuesto al Dióxido de Carbono (IDC), establece que ambos tributos se actualicen trimestralmente —en enero, abril, julio y octubre— tomando como referencia la variación del IPC del trimestre anterior. Cuando la inflación fue alta, esas actualizaciones generaron saltos impositivos significativos que el Gobierno decidió diferir para no trasladarlos de una vez a los surtidores.
La lógica política era comprensible: un aumento de $191 por litro en la nafta —que es lo que correspondía aplicar si se hubiera respetado la fórmula completa para julio, según estimaciones de El Cronista— hubiera impactado directamente en el índice de inflación mensual y en el poder adquisitivo de los hogares en un momento en que el Gobierno está midiendo su gestión económica en términos de desinflación. En cambio, el Decreto 562/2026 aplicó solo $21,192 por litro en el ICL para naftas y $18,959 para gasoil, diferiendo el grueso del ajuste para el 1° de agosto.
El problema es que ese diferimiento tiene un costo fiscal que el propio El Cronista cuantificó: el Estado resignó más de US$2.100 millones en ingresos tributarios entre enero y noviembre de 2025 para contener los precios en surtidor. Y el remanente acumulado no desaparece: se traslada al mes siguiente, donde puede volver a postergarse o puede aplicarse de golpe. El Artículo 3° del decreto deja expresamente abierta esa puerta: los incrementos de 2024, 2025 y el primer trimestre de 2026 "surtirán efectos desde el 1° de agosto de 2026, inclusive". Dado el historial de prórrogas, nadie en el sector descarta que agosto reciba el mismo tratamiento que julio.
Qué pasa si el Brent sigue cayendo
El escenario base que manejan los analistas internacionales sitúa al Brent en un rango de entre US$72 y US$77 durante el tercer trimestre, con posibilidad de caer hasta la zona de US$65 a US$68 si se relaja aún más la disciplina de producción de la OPEP+ o si los datos económicos de China —el mayor importador mundial— continúan deteriorándose. Citi rebajó su pronóstico del Brent a US$75 para el tercer trimestre y a US$70 para el cuarto, niveles que implicarían que el crudo quedaría bien por debajo de los precios en los que se calcularon las proyecciones de ingreso de divisas del plan energético argentino.
Para la Argentina, hay dos umbrales que importan de manera particular. El primero es el de US$70 por barril, que el Brent ya rozó esta semana: por debajo de ese nivel, la rentabilidad de los proyectos de shale en Vaca Muerta —que tienen costos de producción que varían entre US$25 y US$45 por barril según la etapa de madurez del área— sigue siendo positiva, pero los márgenes se comprimen y las decisiones de inversión incremental se vuelven más conservadoras. El segundo umbral es el de US$60, que algunos modelos técnicos señalan como soporte de largo plazo: si el barril perfora ese nivel de manera sostenida, algunos proyectos de desarrollo tardío en la cuenca neuquina podrían quedar temporariamente fuera del dinero.
El desacople y sus consecuencias para el consumidor
Para el conductor argentino promedio, el desacople entre el barril internacional y el precio en surtidor es una experiencia cotidiana desconcertante. El precio de la nafta súper pasó de $2.030 a $2.051 por litro el 1° de julio, según el relevamiento del portal Surtidores, mientras que el Brent acumulaba en el mismo mes una caída de casi 26%. Esa asimetría tiene una raíz estructural: el precio de los combustibles en Argentina no está directamente indexado al valor internacional del crudo, sino que responde a una combinación de costos de producción local, margen de refinación, tipo de cambio, impuestos nacionales y provinciales, y la política de precios de YPF, que opera como referencia del mercado.
Desde que YPF implementó un sistema de precios dinámicos, los valores pueden modificarse según la demanda, la ubicación de las estaciones y criterios comerciales propios, por lo que ya no existe un precio uniforme nacional. Pero la estructura impositiva —que representa una porción sustancial del precio final— sí es uniforme y está determinada por el Gobierno nacional mediante decreto. Eso significa que, incluso si el barril cayera a US$60, los impuestos diferidos de 2024 y 2025 seguirían pendientes de aplicación y seguirían generando presión alcista sobre los precios en surtidor.
Agosto: el mes que concentra todas las variables
El 1° de agosto es la próxima fecha clave. Si el Gobierno aplica la actualización completa del remanente acumulado desde 2024, el impacto sobre los precios en surtidor sería significativo, en un contexto en que el barril internacional estaría posiblemente más bajo que hoy. Si vuelve a diferir, resigna otro mes de recaudación fiscal y profundiza la brecha entre el valor del crudo y el precio que paga el consumidor. Si el Brent cae hacia US$65 mientras el ICL sube, la paradoja se hace aún más visible: el precio internacional más bajo en años conviviendo con una nafta que sube por acumulación impositiva.
El acuerdo temporal de 60 días entre Washington y Teherán vence a fines de agosto. Si las negociaciones fracasan o se estancan, la prima de riesgo geopolítico puede regresar al mercado con rapidez —como ya ocurrió entre febrero y junio— y el Brent podría recuperar terreno. Pero mientras ese escenario no se concrete, el mercado opera sobre fundamentos bajistas: oferta en aumento, demanda sin aceleración, inventarios globales en niveles que no justifican precios altos. Para la Argentina exportadora de crudo, ese contexto es una señal de alerta. Para la Argentina consumidora de nafta, el alivio que en teoría debería llegar desde los mercados internacionales sigue atrapado en el laberinto del rezago impositivo.
