De Teherán a Neuquén: el shock petrolero que también juega a favor de Argentina

En un sistema energético globalizado, un shock de este tipo no queda confinado a la región donde se origina. De Teherán a Neuquén se siente el efecto.

Cigueña petróleo
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Cuando la geopolítica se tensa en Medio Oriente, el sistema energético global entra rápidamente en alerta. La reciente escalada militar tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra instalaciones iraníes volvió a colocar al Estrecho de Ormuz en el centro del tablero petrolero mundial.

Por ese angosto corredor marítimo circula cerca del 20% del petróleo que se comercia en el planeta. No hace falta que el flujo de crudo se detenga por completo para que el mercado reaccione: basta con que aparezca la posibilidad de una interrupción para que los precios incorporen una prima geopolítica.

Eso fue lo que ocurrió a fines de febrero. El Brent, referencia global del petróleo, pasó de alrededor de US$70 a picos cercanos a US$119 por barril en los primeros días del conflicto, un salto superior al 70% en cuestión de jornadas. Posteriormente el mercado mostró alta volatilidad y retrocesos hacia la zona de US$84–90, influenciados por la posibilidad de liberaciones de reservas estratégicas y por declaraciones de Washington orientadas a moderar las expectativas.

Aun así, el mensaje del mercado es claro: el riesgo energético global volvió al centro de la escena. Los traders ya descuentan posibles recortes de producción en el Golfo Pérsico, disrupciones logísticas y un encarecimiento de los seguros y del transporte marítimo.

En un sistema energético globalizado, un shock de este tipo no queda confinado a la región donde se origina. Redistribuye costos y ganancias a lo largo de todo el planeta.

Y ahí aparece una novedad relevante para Argentina.

Durante décadas, los shocks petroleros internacionales afectaban a la economía local casi exclusivamente por el lado negativo. Hoy esa ecuación empezó a cambiar. La producción nacional se ubica entre 860.000 y 880.000 barriles diarios, con Vaca Muerta aportando cerca del 68% del total. Ese crecimiento permitió que el país volviera a convertirse en exportador neto de energía desde 2025, con un superávit energético cercano a US$7.800 millones.

En este nuevo escenario, un petróleo más caro ya no es solamente un problema. También puede convertirse en una fuente adicional de ingresos externos.

Las estimaciones del sector indican que cada aumento de US$10 en el precio del barril puede ampliar el superávit energético entre US$800 y US$1.700 millones, equivalente a alrededor de 0,25% del PBI. Con un Brent en torno a US$90, Argentina podría sumar entre US$3.000 y US$4.000 millones adicionales en exportaciones de crudo, y en escenarios prolongados el superávit energético podría superar los US$10.000 millones en 2026.

Ese flujo de divisas fortalece reservas, mejora la balanza comercial y acelera inversiones en infraestructura estratégica, como el oleoducto Vaca Muerta Oil Sur, diseñado para ampliar la capacidad exportadora del shale neuquino.

El mismo shock petrolero, sin embargo, también tiene un efecto más visible para el consumidor. Desde fines de febrero, los combustibles acumulan una suba cercana al 6% en apenas dos semanas, reflejando la combinación entre el encarecimiento internacional del crudo y ajustes internos que venían postergados.

En Argentina, el precio del combustible no depende únicamente del petróleo. Cerca de la mitad del valor final corresponde a impuestos, principalmente el Impuesto a los Combustibles Líquidos (ICL) y el Impuesto al Dióxido de Carbono (IDC). Durante 2024 y parte de 2025 estos tributos fueron congelados para contener la inflación, generando un rezago que comenzó a corregirse en marzo de 2026 con una actualización parcial cercana al 1,1%.

Al mismo tiempo, las petroleras operan bajo un criterio de paridad de exportación, lo que implica que el precio interno no puede alejarse demasiado del valor internacional del crudo. Cuando el Brent sube, el ajuste termina trasladándose gradualmente al mercado local. Las estimaciones del sector indican que cada aumento de US$10 en el barril puede traducirse en subas de entre 5% y 6,5% en los combustibles.

El incremento reciente refleja justamente esa combinación entre el shock externo, la actualización impositiva y ajustes graduales aplicados por las petroleras. YPF, principal actor del mercado, suele aplicar estrategias de micropricing y promedios móviles para evitar saltos bruscos, implementando pequeños incrementos sucesivos que terminan acumulándose en el precio final.

Sin embargo, mirar únicamente el surtidor muestra solo una parte del fenómeno. El mismo aumento del petróleo que presiona sobre los combustibles internos también incrementa los ingresos por exportaciones energéticas.

Con Argentina nuevamente posicionada como exportador neto de energía, cada suba del precio internacional del crudo se traduce en mayor ingreso de divisas, mejora de la balanza energética y mayor capacidad de inversión en el sector.

En otras palabras, lo que el consumidor percibe como un costo inmediato en el surtidor empieza a compensarse —al menos parcialmente— en el frente externo con más exportaciones y más dólares para la economía.

La dinámica reciente del petróleo muestra con claridad cómo funciona el sistema energético global. Un conflicto militar en Medio Oriente puede disparar los precios del crudo en cuestión de horas. Pero al mismo tiempo, miles de kilómetros al sur, una formación shale está redefiniendo el papel de Argentina dentro de ese sistema.

Por eso el país vive hoy una paradoja energética.

El precio de la nafta sube en el surtidor. Pero en el subsuelo neuquino, el petróleo fluye a niveles récord y multiplica las exportaciones.

Son, en definitiva, las dos caras de la misma moneda: la geopolítica define el precio del petróleo en Teherán y la geología redefine el futuro energético de Argentina en Neuquén.

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