Venezuela tiene petróleo, Bolivia gas y Argentina ambos más litio y cobre: ¿por qué eso no garantiza nada?
América Latina con sus recursos naturales es la historia de una oportunidad que se repite y se desperdicia, con más frecuencia de la imaginada. Argentina está a tiempo de ser la excepción.
Argentina es potencia en recursos naturales. La política debería acompañar a largo plazo.
Generado por IAArgentina debe tomar nota y aprender la lección. En 1970, Venezuela era el país más rico de América del Sur. Tenía (y tiene) las mayores reservas de petróleo del mundo, una clase media en expansión, universidades de calidad y una democracia que, con todos sus defectos, funcionaba. Hoy se tambalea en una profunda crisis económica, política y social, con más de siete millones de personas que abandonaron el país en la última década.
El petróleo no fue la causa de ese colapso. Pero absurdamente tampoco lo evitó. Y la manera en que Venezuela administró —o no administró— su riqueza petrolera es parte central de la historia de su decadencia.
Bolivia descubrió en los años 90 que tenía las segundas reservas de gas natural de América del Sur. Hubo gobiernos que nacionalizaron, gobiernos que privatizaron, disputas con Brasil y Argentina por los precios de exportación, conflictos sociales sobre la distribución de la renta. Hoy, las reservas de gas boliviano están en declive acelerado porque la inversión necesaria para mantener la producción no llegó, atrapada entre un modelo de empresa estatal que no tenía capacidad técnica ni financiera y una desconfianza hacia el capital privado que alejó exactamente la inversión que se necesitaba.
Mientras Venezuela dilapidaba su bonanza y Bolivia dejaba declinar sus reservas por falta de inversión, Argentina construía en silencio uno de los activos energéticos más extraordinarios del siglo. Vaca Muerta no es una promesa: es la segunda reserva mundial de gas natural no convencional y la cuarta de petróleo.
El patrón que se repite, la receta de Chile
Los economistas tienen un nombre para este fenómeno: la maldición de los recursos naturales. No es una ley universal —hay países que escaparon de ella, como la vecina Chile— pero describe con precisión lo que ocurre cuando una bonanza de recursos naturales no viene acompañada de instituciones sólidas, políticas de ahorro soberano y diversificación económica.
El mecanismo es siempre parecido. Llega la bonanza: los precios suben, la inversión extranjera fluye, el Estado recibe más dinero de lo que sabe gastar. El gasto público se expande —y parte de esa expansión es genuinamente útil, en infraestructura y servicios sociales— pero otra parte se convierte en empleo público excesivo, subsidios generalizados y compromisos de gasto que son difíciles de revertir cuando la bonanza termina. La moneda se aprecia, lo que encarece las exportaciones no relacionadas con el recurso y desincentiva la diversificación industrial. Y cuando el precio cae o el recurso se agota, el país queda con un Estado sobredimensionado, una economía poco diversificada y una deuda que financió el consumo del presente con los ingresos del futuro.
Los que escaparon: por qué Noruega y Botswana son la excepción
Noruega descubrió petróleo en el Mar del Norte en 1969. Hoy tiene el fondo soberano más grande del mundo. No porque los noruegos sean moralmente superiores o naturalmente más disciplinados. Sino porque tomaron decisiones institucionales específicas en el momento en que todavía podían tomarlas.
La más importante fue la regla fiscal: el gobierno noruego solo puede gastar cada año el equivalente al 3% del valor del fondo soberano, no los ingresos directos del petróleo. Eso significa que cuando el precio del petróleo sube, los ingresos adicionales van al fondo, no al presupuesto. Y cuando baja, el presupuesto no se desploma porque nunca dependió de los ingresos directos del petróleo.
Botswana hizo algo similar con los diamantes. La clave en ambos casos fue la misma: construir la institución del ahorro soberano antes de que llegara la bonanza, no después.
Chile tiene un Fondo de Estabilización Económica y Social alimentado con los ingresos del cobre cuando el precio supera cierto umbral. No es tan robusto como el noruego, y la tentación de usarlo para otras cosas ha sido permanente, pero existe y ha amortiguado varios ciclos de caída del precio del cobre que en otro contexto hubieran generado crisis fiscales severas.
Lo que Argentina tiene que decidir ahora
Argentina está, en este momento, en el momento en que todavía puede tomar esas decisiones. Los grandes ingresos del boom de Vaca Muerta y la minería todavía no llegaron en su plenitud. El oleoducto VMOS entra en operación a finales de 2026. El GNL en 2027. Los proyectos de cobre en 2028 y más allá.
Hay una ventana —estrecha, probablemente de dos o tres años— en la que Argentina puede diseñar los mecanismos institucionales que van a determinar si el boom deja un legado o simplemente financia el presente.
Esos mecanismos no deberían ser complicados de armar. Son complicados de sostener políticamente. Un fondo soberano requiere que el gobierno de turno resista la tentación de usarlo para cubrir déficits corrientes. Una regla fiscal sobre ingresos extraordinarios requiere que el Congreso la apruebe y la respete. Un marco de regalías que garantice inversión provincial de largo plazo requiere que las provincias se comprometan a no usar esos recursos para subsidios electorales.
Todo eso es políticamente difícil en cualquier país. En Argentina, donde el cortoplacismo sistemáticamente derrota al largo plazo en el cálculo político, es todavía más difícil.
Por qué esta vez podría ser diferente
Hay razones para pensar que Argentina tiene esta vez algunas condiciones que no tuvo en ciclos anteriores. La consolidación fiscal del gobierno actual creó un contexto macroeconómico más estable. El RIGI atrajo compromisos de inversión de largo plazo que ya se encaminan a los US$ 100 mil millones y generan una presión positiva para mantener la estabilidad regulatoria. La demanda global de litio, cobre y gas es estructural, no cíclica de corto plazo.
Pero las condiciones favorables no son suficientes. Las oportunidades de recursos naturales se desperdician no porque las condiciones externas sean malas, sino porque las decisiones internas son cortas.
El año que viene hay elecciones presidenciales. Los países que avanzan mantienen en el largo plaza sus políticas trascendentales, gobierne quien gobierne, sin cambiar el rumbo y mucho menos borrar de un plumazo todo lo anterior, sirva mucho, poquito o nada.
Venezuela tenía todas condiciones favorables en los años 70. Las decisiones que se tomaron después son las que escribieron la historia que siguió. Argentina todavía anda en eso de escribir la suya.

