San Juan mira de cerca la solución que Techint construyó para el cobre chileno desde el Pacífico
La megaobra de desalinización de Codelco plantea si Argentina deberá recurrir también al agua del mar y subirla por la Cordillera.
Techint construye una planta desalinizadora para abastecer la minería en Chile.
Techint Ingeniería y Construcción finalizó y puso en marcha el Sistema de Desalinización y Transporte de Agua para el Distrito Norte (SADDN), una de las mayores obras de infraestructura hídrica destinadas a la minería en Chile. El proyecto transporta agua desalinizada desde el océano Pacífico hasta el desierto de Atacama a través de un acueducto de 160 kilómetros, y abastecerá a tres de las operaciones más grandes de la estatal chilena Codelco: Radomiro Tomic, Chuquicamata —la mina de cobre a cielo abierto más grande del mundo— y Ministro Hales.
"La llegada del agua desalinizada al Distrito Norte refleja la capacidad de ejecutar e integrar sistemas de alta complejidad en condiciones particularmente exigentes", señaló Rodrigo Larralde Campos, director adjunto de Proyectos de Techint E&C, al confirmar la puesta en marcha del sistema. La obra se ubica en la región de Antofagasta, en la zona de Tocopilla, y demandó una inversión de US$1.000 millones.
El cliente del proyecto es Aguas Horizonte, un consorcio integrado por la japonesa Marubeni y la canadiense-china Transelec, que financió la obra con el respaldo de 14 bancos internacionales a cambio de un contrato de provisión de agua industrial a Codelco por 20 años. Se trata de una de las apuestas más ambiciosas de la ingeniería argentina fuera de sus fronteras, y llega en un momento en que la industria minera chilena redefine por completo su relación con el agua, con una lectura que empieza a mirarse de cerca del otro lado de la cordillera.
Cómo funciona el sistema y por qué es tan complejo
El proceso arranca con la captación de agua de mar a través de dos tuberías de 1,8 metros de diámetro que se internan 740 metros en el océano, hasta unos 100 metros de profundidad. Desde ahí, el agua pasa por un proceso de ósmosis inversa en la planta desalinizadora y es impulsada mediante un ducto de 48 pulgadas que debe salvar un desnivel extremo: un farellón de 1.000 metros de altura en apenas 3.000 metros de extensión, con pendientes de hasta 39 grados.
Ese primer tramo montañoso fue, según los propios ejecutores, el mayor desafío técnico de la obra. Para superarlo, Codelco instaló un cablecarril especialmente diseñado para trasladar personal y cargas de hasta 14.000 kilogramos. "La zanja y la soldadura se hicieron de manera mucho más manual de lo habitual y con menos máquinas debido a la pendiente", explicó a La Nación Germán Ospina, supervisor general de ductos de Techint. Una vez superada esa cima, el acueducto recorre los 160 kilómetros restantes hasta llegar a las tres operaciones mineras del Distrito Norte.
El sistema funciona con tres estaciones de bombeo, que elevan el agua en distintos tramos hasta un reservorio industrial con capacidad de 250.000 metros cúbicos, desde donde se distribuye a dos reservorios más pequeños: uno para Radomiro Tomic y otro compartido entre Chuquicamata y Ministro Hales. Toda la operación consume 45 megavatios, provistos íntegramente por energía fotovoltaica de la planta solar Tamaya, lo que evita recurrir a generación térmica adicional. En su capacidad actual, el sistema puede producir hasta 840 litros de agua desalinizada por segundo, con margen para expandirse hasta 1.956 litros.
El giro estructural de la minería chilena hacia el mar
El SADDN no es un capricho de ingeniería: responde a una transformación de fondo en cómo Chile sostiene su principal actividad económica. El país produce 5,7 millones de toneladas de cobre al año, un cuarto de la oferta mundial, y Codelco por sí sola aporta cerca del 20% de esa producción. Durante décadas, esa escala se sostuvo con agua proveniente del deshielo cordillerano: hace once años, más del 90% del agua utilizada por la minería chilena tenía ese origen.
Ese modelo se volvió insostenible a medida que crecieron tanto la actividad minera como la presión social por el uso del agua destinada al consumo humano y agrícola. La respuesta de la industria fue multiplicar la inversión en desalinización, pese a que este proceso encarece hasta cinco veces el costo del agua frente a las fuentes continentales. Chile ya cuenta con 24 plantas desalinizadoras, de las cuales casi el 80% de la producción abastece a la minería, y el país se fijó como meta que para 2034 el agua de mar represente el 66% del consumo minero total, frente al 43% actual.
El propio proyecto SADDN sintetiza esa proyección: permitirá reducir en un 60% el consumo unitario de aguas continentales en las operaciones que abastece, según cifras de la propia Techint. Es, en los hechos, un adelanto de hacia dónde se dirige toda la gran minería del cobre en el norte chileno.
La pregunta que empieza a instalarse en San Juan
La obra tiene, además, una lectura que trasciende la frontera. Los yacimientos de cobre de Chile y Argentina comparten una misma faja geológica cordillerana, y varios proyectos son directamente binacionales. "Los yacimientos de cobre en Chile y en la Argentina están empatados, en muchos casos son binacionales. A medida que los proyectos en la Argentina evolucionen, se espera que utilicen también el agua industrial del mar chileno", explicó Alejo Calcagno, director de Operaciones del Área Sur de Techint, quien planteó dos caminos posibles: extender el sistema ya construido o levantar un proyecto paralelo que alimente los futuros desarrollos del lado argentino.
La alternativa a esa solución, advirtió Calcagno, sería trasladar agua desde el río Paraná, una opción que calificó como mucho más cara. El planteo pone en primer plano un debate que San Juan todavía no resolvió en los hechos, aunque sí en las proyecciones: los grandes proyectos de cobre en danza en la provincia, como Josemaría, Filo del Sol y Los Azules, deberán definir tarde o temprano de dónde sacarán el agua industrial que necesitan para operar a la escala que se proyecta.
Que la solución ya esté construida y operando del otro lado de la cordillera —con financiamiento estructurado, ingeniería probada y una empresa argentina como protagonista de la obra— no resuelve automáticamente ese interrogante para San Juan. Pero deja instalada una hoja de ruta técnica que, cuando el cobre argentino empiece a moverse en serio, va a estar sobre la mesa de cualquier discusión sobre financiamiento y viabilidad ambiental.
