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El gas argentino y la paradoja de la transición: un millonario a futuro que todavía no llega a pasar el invierno

La discusión de hoy pasa por si el país va a ser capaz de construir a tiempo la infraestructura necesaria para convertir ese recurso en poder económico sostenido.

Argentina está sentada sobre una paradoja energética de escala monumental. Hoy produce alrededor de 140 millones de m³/día de gas natural en promedio, según los datos de 2025 y los primeros meses de 2026. Es el nivel de producción más alto de los últimos 20 años. Ese volumen empuja al país hasta el puesto 15 del ranking mundial de productores, con una producción anual acumulada cercana a los 48.000 millones de m³. Nunca en dos décadas el sistema gasífero argentino mostró esta potencia.

La transformación del mix gasífero argentino tiene un epicentro indiscutido: el shale play de la Formación Vaca Muerta. Ese recurso ya representa entre el 65% y el 70% del total nacional, mientras el proveniente de los reservorios convencionales sigue en retroceso marcando una caída de 4,9% interanual fuera de la provincia de Neuquén. Para entender en profundidad esta idea, de los diez principales bloques productores de gas, ocho se ubican en la Cuenca Neuquina, mientras que los convencionales sostienen el primer y el décimo puesto, correspondientes al bloque offshore CMA-1 de Total en la Cuenca Austral y Cerro Dragón de PAE en la Cuenca del Golfo San Jorge, respectivamente. En el plano empresario, YPF lidera la producción total de gas, seguida muy de cerca por Tecpetrol, que marcó un récord histórico en Fortín de Piedra, y luego por PAE, Pluspetrol y Total. No es casualidad entonces que Vaca Muerta concentre el corazón de este salto productivo. Es la segunda reserva mundial de gas proveniente de un reservorio no convencional, con recursos técnicamente recuperables estimados en torno a los 308 billones de pies cúbicos y menos del 10% de su área productiva en desarrollo. Por eso las proyecciones conservadoras hablan de duplicar la producción nacional de gas hacia la década de 2030. Pero para cumplir esta premisa, la condición es una sola. Que la infraestructura acompañe.

Ese cambio de era ya empezó a sentirse a escala regional. La reversión del flujo gasífero sudamericano se aceleró tras la fuerte caída de la producción boliviana desde 2016 y tuvo un capítulo clave en la reconfiguración del sistema argentino con la reversión del Gasoducto Norte, que permitió reemplazar progresivamente los volúmenes que llegaban desde Bolivia por gas proveniente de Vaca Muerta para abastecer al NOA. En ese contexto, Argentina pasó de importar 10,8 MMm³/d desde Bolivia en 2022 a prácticamente nada: apenas 0,1 MMm³/d en 2025. En solo 3 años, el giro fue histórico. Hoy el gas neuquino no solo cubre una parte creciente de la demanda del norte argentino, sino que además ya circula en sentido inverso y empieza a ingresar a Brasil a través de los gasoductos bolivianos. Tecpetrol, Pluspetrol, TotalEnergies y PAE ya cuentan con volúmenes autorizados para exportar gas de Vaca Muerta, con contratos iniciales del orden de 100-150 mil m³/d por empresa, bajo modalidad interrumpible. Son volúmenes todavía modestos, sí, pero también son los primeros envíos concretos de gas argentino al gigante vecino. No es una promesa: ya empezó.

Más allá del giro en el mercado regional, en el horizonte cercano aparece el verdadero salto de escala: el GNL. Ahí se juega el ingreso definitivo de Argentina a las grandes ligas del gas global. Por este motivo, la inciativa Southern Energy, integrada por PAE, YPF, Pampa Energía, Harbour Energy y Golar LNG, tomó la Decisión Final de Inversión (FID, por sus siglas en ingles) en mayo de 2025. El esquema pactado contempla la llegada de dos unidades flotantes de licuefacción, que, en conjunto sumarán 6 millones de toneladas por año, equivalentes a unos 27 MMm³/d de gas. El proyecto ya firmó, además, un acuerdo preliminar de 8 años con la alemana SEFE, por 2 millones de toneladas anuales. En paralelo, el proyecto bandera de este cambio productivo, Argentina LNG, liderado por YPF junto a Eni y XRG, avanza en la fase regulatoria con vistas a una escala superadora, la cual alcanzaría las 10 millones de toneladas por año. Pero, otra vez, lo que el subsuelo empuja y la superficie lo frena. Lo que falta, otra vez, es infraestructura crítica. Más específicamente, el gasoducto de aproximadamente 500 km entre la costa atlántica de Río Negro y Neuquén, cuyas obras comenzarán en mayo de 2026 y terminarán en 2028, además de una ampliación integral de la red de transporte que permita evacuar volúmenes firmes y sostenidos.

Justamente ahí aparece el punto más incómodo y paradójico del estado actual del sistema argentino. Porque, aunque los actores productivos rompen récords y firman compromisos a largo plazo, el país todavía tiene que importar gas en invierno. No por falta de recurso, sino por una infraestructura que todavía no acompaña del todo la escala del salto productivo. Cuando sube la demanda residencial e industrial por calefacción, el cuello de botella queda expuesto: la red de distribución no alcanza para llevar de manera eficiente el gas hacia los grandes centros de consumo, y parte de esa producción queda literalmente atrapada por restricciones de transporte. En medio de ese boom productivo, Argentina sigue necesitando de recursos externos para pasar el invierno.

Para 2026, además, el Estado intentó retirarse completamente del negocio por primera vez desde 2008. En este nuevo esquema, Enarsa había licitado la importación y comercialización de GNL, privatizando así toda la operación. Este proceso debió ser anulado debido a un contexto de volatilidad de precios producto del conflicto en Medio Oriente. Con esta medida el gobierno evitó un traslado excesivo a precios finales del consumidor y su potencial efecto en el índice de precios. De todos modos, la señal sigue siendo contundente: Argentina produce más gas que nunca, pero todavía paga caro la herencia de años de incapacidad para moverlo cuando más lo necesita.

Ese es el verdadero punto de inflexión. Argentina ya no discute si tiene gas, tampoco discute si el potencial de Vaca Muerta es real. Eso ya fue demostrado. La discusión de hoy pasa por si el país va a ser capaz de construir a tiempo la infraestructura necesaria para convertir ese recurso en poder económico sostenido. Porque el horizonte está a la vuelta de la esquina, con Vaca Muerta como estrella, Argentina podría alcanzar un superávit energético récord superior a los USD 8.500 millones en 2026 y pasar de importador neto a exportador relevante de GNL hacia 2028.

La oportunidad es gigantesca. Pero también lo es la exigencia. Si quiere completar la transición, Argentina todavía tiene que saldar deudas viejas: terminar la red de distribución, ampliar los gasoductos troncales y romper de una vez los cuellos de botella que hoy la obligan a importar gas en pleno auge productivo. El gas argentino ya dejó de ser solo un recurso. Está empezando a convertirse en una de las palancas fundamentales de un nuevo modelo exportador. La pregunta entonces es si el país logrará que el invierno deje, por fin, de ser sinónimo de gastos innecesarios para pasar a ser ganancia.