Argentina: el país que ya sabe hacer reactores, pero no se anima a sacar su propio uranio.
En un mundo que vuelve a mirar la energía nuclear como respuesta a la electrificación, la seguridad energética y la presión geopolítica sobre los combustibles críticos, Argentina intenta recuperar una pieza que nunca debió abandonar: la producción doméstica de uranio.
El uranio volvió al centro del tablero energético global. Ya no como una promesa lejana ni como una discusión encerrada en laboratorios, sino como un recurso estratégico en plena tensión entre oferta limitada, demanda creciente y competencia geopolítica por proveedores confiables.
En ese contexto mundial, Argentina empieza a moverse. La designación de Ayelén Giomi como Subsecretaria de Políticas Nucleares en febrero de 2026 aparece como una señal concreta dentro de una agenda más amplia la cual incluye objetivos claros que giran alrededor de recuperar autonomía en el combustible nuclear, reducir importaciones, integrar el ciclo completo para volver a posicionar al país como un actor con capacidad exportadora.
Capacidades disponibles y dependencia actual
La paradoja argentina es evidente. El país cuenta con industria nuclear, trayectoria tecnológica, capacidades desarrolladas durante décadas e instituciones con reconocimiento internacional. Tiene reactores, ingeniería, know-how e INVAP. También posee recursos geológicos significativos: más de 700.000 toneladas de uranio potenciales y más de 30.000 toneladas estimadas en recursos comprobados. Sin embargo, al igual que todavía sucede con el gas en períodos invernales, hoy se ve obligado a importar concentrado de uranio. La producción nacional se interrumpió en 1997 con el cierre de Sierra Pintada por los bajos precios internacionales del mineral, y desde entonces ningún proyecto minero ha entrado en producción comercial debido a restricciones regulatorias y prohibiciones en varias provincias mediante legislación anti productiva.
Esa contradicción empieza a pesar. Argentina podría producir entre 500 y 1.000 toneladas de uranio por año con tres proyectos activos. Pero buena parte del mapa nacional sigue bloqueado por regulaciones provinciales, conflictos sociales o falta de definición política. Cerro Solo, en Chubut; Sierra Pintada, en Mendoza; y Don Otto, en Salta, condensan esa tensión entre potencial geológico y parálisis regulatoria.
El impulso global de la energía nuclear
Mientras tanto, el mundo avanza. La energía nuclear atraviesa su mayor impulso en 15 años. La expansión de reactores modulares pequeños, el crecimiento de la demanda eléctrica por inteligencia artificial y centros de datos, y la necesidad de fuentes firmes sin emisiones directas volvieron a poner al uranio en el centro de la discusión energética.
El precio internacional acompaña ese cambio de época. La libra de uranio se sostiene firme en torno a los USD 86,5 por libra, reflejando una tensión estructural entre una demanda que crece con fuerza y una oferta que no se expande al mismo ritmo debido a la escasez de nuevos proyectos en producción y largos plazos de desarrollo minero.
Las potencias occidentales buscan diversificar proveedores. Kazajistán lidera la producción global, Canadá aporta recursos de alta ley, África suma volumen y Rusia sigue siendo clave en el enriquecimiento. Estados Unidos, pese a ser una potencia nuclear, depende fuertemente del exterior para abastecer sus reactores: su producción doméstica cayó desde los años 80 y nunca recuperó una escala relevante, incluso durante ciclos de precios altos.
En ese escenario, Argentina reúne tres atributos poco frecuentes: recursos, conocimiento nuclear completo y bajo riesgo geopolítico relativo. No es un detalle menor. En un mercado donde sobran compradores y faltan proveedores confiables, quien logra ingresar con producción estable se vuelve estratégico. La demanda existe. Los compradores también. Lo que falta son países capaces de ofrecer uranio con escala, trazabilidad y bajo riesgo político.
Proyecto Ivana: el caso más avanzado
Ahí aparece el Proyecto Ivana, en Río Negro, dentro del distrito Amarillo Grande. Hoy es el candidato más avanzado para reactivar la producción nacional de uranio: tiene operador privado activo, marco regulatorio favorable y recursos definidos bajo estándares internacionales. Operado por Blue Sky Uranium, con inversión local de Corporación América, Ivana no es una promesa exploratoria. Ya cuenta con estudios económicos, diseño minero preliminar y una geología simple de desarrollar. La mayor parte del recurso está entre los primeros 25 y 30 metros de profundidad, en terreno plano y clima seco, lo que permite pensar en una explotación a cielo abierto, sin minería profunda ni grandes desafíos operativos.
El depósito combina mineralización superficial oxidada y mineralización tipo arenisca más profunda. El uranio aparece principalmente en óxidos, acompañado por vanadio en minerales como carnotita y cofinita. Ese vanadio puede recuperarse como subproducto, generando créditos comerciales que reducen el costo neto de producción.
Los números explican por qué Ivana gana relevancia. El depósito concentra cerca de 20,8 millones de libras de UO en recursos totales (suma de indicados e inferidos). De ellos, los recursos indicados alcanzan 19,7 millones de toneladas con ley promedio de 333 ppm de uranio y 105 ppm de vanadio. Según la Evaluación Económica Preliminar, el proyecto tiene una vida útil estimada de 11 años y una producción total proyectada de 16,5 millones de libras de UO, lo que equivale a un promedio anual de alrededor de 1,5 millones de libras. Este volumen considera una recuperación metalúrgica del 84,6 % del uranio y del 52,5 % del vanadio. Además, las perforaciones de enero de 2026 confirmaron continuidad mineral y detectaron una nueva zona de alta ley en el núcleo del yacimiento, lo que podría mejorar el flujo de caja inicial.
La inversión inicial estimada se ubica entre USD 25 y 30 millones, con avance previsto hacia el Estudio de Impacto Ambiental en 2027. En términos económicos, el proyecto muestra una escala atractiva: alrededor de USD 160 millones de inversión total, más de USD 1.200 millones en ventas proyectadas y entre USD 250 y 400 millones en regalías e impuestos para Río Negro. No es solo minería. Es flujo comercial, recaudación fiscal y combustible estratégico en un mismo paquete.
El resto del mapa: potencial y bloqueo
El resto del mapa argentino muestra una foto más compleja. Sierra Pintada, en San Rafael, Mendoza, tiene factibilidad técnica avanzada, pero depende de cambios en la Ley 7722. Don Otto, en Salta, es un proyecto de la CNEA alineado al Plan Nuclear 2025-2030, aunque requiere consenso social y definición operativa. Cerro Solo, en la Meseta Central de Chubut, concentra cerca del 50% de los recursos nacionales, pero sigue limitado por restricciones provinciales y oposición social. La oportunidad, entonces, convive con el bloqueo. Argentina tiene recursos, capacidades industriales y conocimiento técnico. También tiene una ventana internacional favorable. Después de Vaca Muerta, el litio y el cobre, el uranio puede convertirse en la próxima gran discusión estructural del país.
Ivana no aparece como un caso de hype minero ni como una fantasía especulativa. Tiene recursos definidos, costos bajos, economía robusta y timing internacional. Si logra entrar en producción, Argentina podría sumar uranio competitivo al mercado global justo cuando el mundo necesita más energía firme, más electrificación y menos dependencia de proveedores concentrados.
El recurso está. El contexto acompaña. La decisión política, al menos, empezó a insinuarse.
