Geotermia: el calor del subsuelo argentino espera su oportunidad
Bajo los Andes y la Puna, Argentina concentra algunos de los principales prospectos geotérmicos de Sudamérica.
La Argentina suele discutir su futuro energético alrededor de tres grandes nombres: Vaca Muerta, el litio y las renovables tradicionales. Pero bajo la Cordillera y la Puna existe otro recurso, silencioso y subestimado, que podría cambiar parte de la matriz energética nacional: la energía geotérmica. No depende del viento ni espera al sol: aprovecha el calor subterráneo disponible 24/7. Por eso, una planta geotérmica moderna puede operar casi todo el año cerca de su potencia máxima. A escala global, la geotermia sumaba alrededor de 15,1 GW eléctricos instalados en 2024 y generó cerca de 100 TWh, además de unos 245 TWh de usos térmicos directos. La sorpresa no es que exista. La verdadera sorpresa es que Argentina, sentada sobre una geología privilegiada, todavía no haya decidido convertirla en una política energética de escala.
El calor que viene desde abajo
La geotermia aprovecha el calor interno de la Tierra, originado en la formación del planeta y sostenido por la desintegración radiactiva natural de elementos como uranio, torio y potasio. En promedio, la temperatura aumenta entre 25 y 30 grados por cada kilómetro de profundidad. Pero en zonas tectónicamente activas, cerca de volcanes, fallas profundas o bordes de placas, ese gradiente puede multiplicarse y alcanzar temperaturas de 150 a 300 °C a pocos kilómetros.
Esa diferencia es decisiva. Los recursos de alta entalpía, con temperaturas superiores a 150 o 200 °C, permiten generar electricidad de manera directa. Los de media y baja entalpía pueden destinarse a calefacción, turismo termal, agricultura, procesos industriales o generación eléctrica a través de ciclos binarios. En ambos casos, se trata de una fuente renovable, firme y previsible. La Agencia Internacional de Energía proyecta que, con mejoras tecnológicas y reducción de costos, la geotermia podría llegar a cubrir hasta el 15% del crecimiento de la demanda eléctrica mundial hacia 2050, con hasta 800 GW de capacidad instalada.
Para que un sistema geotérmico sea viable hacen falta cuatro condiciones: una fuente de calor, rocas permeables que funcionen como reservorio, fluidos capaces de transportar esa energía y estructuras geológicas que permitan la circulación subsuperficial. Es decir, no alcanza con tener calor: hay que encontrar el punto exacto donde la geología, la temperatura, la permeabilidad y el agua se combinan. Y ahí es donde Argentina deja de ser un espectador y aparece como un territorio con una oportunidad concreta.
El mapa oculto del potencial argentino
Por su posición sobre el borde andino del Cinturón de Fuego del Pacífico, la Argentina tiene condiciones geológicas relevantes para desarrollar energía geotérmica. Las estimaciones disponibles ubican el potencial eléctrico entre 490 MW y 2.010 MW, una magnitud que, si se concretara, podría sumar una fuente renovable firme a regiones donde la energía no siempre llega con estabilidad suficiente.
El potencial no está distribuido al azar. Neuquén concentra dos de los prospectos más importantes: Copahue-Caviahue y Domuyo. Copahue ya tuvo una planta piloto de 0,67 MW entre 1988 y 1996, una experiencia temprana que demostró que el recurso existe, aunque quedó limitada por falta de continuidad. Su potencial inicial se estimó entre 10 y 30 MW, con posibilidades de escalar por encima de los 40 MW e incluso acercarse a 100 MW bajo escenarios de mayor desarrollo.
Domuyo, también en el norte neuquino, aparece hoy como uno de los proyectos más prometedores. Los estudios técnicos recientes le asignan un potencial del orden de 90 a 100 MW y lo ubican entre los prospectos más avanzados en términos de prefactibilidad e infraestructura. La propia Agencia de Inversiones del Neuquén lo define como el proyecto prefactibilizado de mayor potencial del país, y el más avanzado en estudios e infraestructura en el norte provincial. En 2025, además, se desarrollan consultas públicas ambientales con apoyo del BID, un paso clave para transformar el interés geológico en proyecto energético concreto.
El norte argentino también empieza a ganar protagonismo. El distrito Tuzgle-Tocomar, entre Salta y Jujuy, combina actividad volcánica, estructuras profundas y manifestaciones termales que lo convierten en un objetivo prioritario. Estudios de favorabilidad geotérmica en la Puna identificaron a Cerro Tuzgle, Aguas Calientes, Tocomar y sectores cercanos como áreas de mayor potencial dentro del noroeste argentino. En Catamarca y La Rioja, la Cuenca de Pipanaco y el Cordón de Ambato aparecen dentro de las nuevas áreas de alta favorabilidad identificadas bajo metodologías modernas de evaluación. También se destacan Cerro Blanco, en Catamarca; Pismanta, Los Despoblados y Valle del Cura, en San Juan; Peteroa, en Mendoza; y otros sectores de La Rioja y Tucumán.
El dato de fondo es contundente: existen más de 300 manifestaciones termales en el país y alrededor de 18 prospectos de alta entalpía identificados por el SEGEMAR. La geotermia argentina no parte de cero. Parte de un inventario geológico que ya existe, pero que todavía espera una decisión política, técnica y empresarial capaz de llevarlo al siguiente nivel.
Qué falta para convertir potencial en energía
El principal obstáculo no es geológico. Es económico, institucional y estratégico. La exploración geotérmica exige perforaciones profundas, estudios geofísicos, geoquímicos y geológicos integrados, y una inversión inicial de alto riesgo antes de saber si el reservorio puede producir de manera comercial. Esa barrera explica por qué muchos proyectos quedan atrapados en la etapa de prefactibilidad, como si Argentina pudiera darse el lujo de dejar energía firme bajo tierra.
A eso se suma la falta de un marco regulatorio específico y estable. La Ley 27.191 incluye a la geotermia dentro de las energías renovables, pero su implementación ha sido lenta y no logró generar un mercado activo para esta fuente. Mientras tanto, Vaca Muerta, la energía solar y la eólica ofrecen horizontes de desarrollo más conocidos, con costos más competitivos en el corto plazo y cadenas de proveedores más maduras.
Pero esa comparación puede ser engañosa. La geotermia no compite exactamente con la solar o la eólica: las complementa. Su valor está en la firmeza. Puede entregar energía de base, reducir intermitencias y abastecer regiones alejadas donde la red eléctrica es débil o donde existen demandas industriales intensivas, como la minería. En un país que quiere desarrollar cobre, litio, uranio, gas, petróleo e industria, esa diferencia no es menor: la geotermia puede ser una pieza estratégica para producir energía cerca de los recursos que necesita mover.
Por eso, el camino argentino debería combinar tres acciones. Primero, reducir el riesgo exploratorio mediante cartografía moderna, estudios integrados y metodologías como el Geothermal Play Fairway, que el SEGEMAR ya utiliza para identificar las áreas con alto potencial antes mencionadas. Segundo, avanzar con proyectos piloto en las zonas más maduras, para pasar del mapa al pozo, del paper al megavatio. Tercero, construir un marco de incentivos que permita atraer inversión privada, financiamiento internacional y cooperación tecnológica con países que ya tienen experiencia en geotermia, como Italia, Japón, Canadá o Islandia.
En este sentido, la nueva estructura del SEGEMAR, establecida por el Decreto 114/2026 y articulada con el Plan Estratégico 2025-2028, le da a la geotermia un rol más estratégico dentro del desarrollo territorial y la transición energética. El decreto aprobó la estructura organizativa de primer y segundo nivel operativo del organismo, mientras que la versión actualizada del plan fue aprobada por la Disposición 54/2026. El foco en cuencas de alta entalpía y en zonas cordilleranas y de la Puna puede ser el punto de partida para ordenar prioridades y dejar de mirar este recurso como una rareza científica.
La oportunidad es clara: Argentina ya tiene gas no convencional, litio, viento, sol, minería y capacidad nuclear. La geotermia podría sumar una pieza distinta: energía renovable, firme y profundamente ligada a su geología. El desafío es dejar de verla como una curiosidad termal o un recurso de nicho, y empezar a tratarla como lo que puede ser: una nueva frontera energética escondida bajo los Andes. Allí, bajo kilómetros de roca, hay calor, hay estructura, hay recursos y hay futuro. Lo que falta es decisión para perforar, medir, invertir y convertir ese potencial enterrado en energía real para el desarrollo argentino.
