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El boom económico de Paraguay, el país sin mar que quiere conectar el gas de Vaca Muerta con Brasil

Un gasoducto de 1.050 kilómetros atravesaría el Chaco paraguayo para unir los tres países. Detrás del proyecto, un país que crece en silencio y juega a las grandes ligas.

Hay una paradoja que define a Paraguay mejor que cualquier estadística: es el país mediterráneo más ambicioso de América del Sur. Sin costas, sin puertos propios, sin reservas probadas de hidrocarburos, Asunción acaba de postularse como corredor estratégico del gas para todo el Cono Sur. La propuesta no es un globo de ensayo ni una declaración de intenciones para el consumo interno. Tiene trazado, tiene kilómetros, tiene memorandos firmados con Argentina y Brasil, y tiene el respaldo técnico del Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF). Si alguien quiere entender hacia dónde va la integración energética regional en los próximos veinte años, conviene prestar atención a lo que está haciendo este país que durante décadas pasó inadvertido.

La idea central es tan simple como ambiciosa: tender un gasoducto de aproximadamente 1.050 kilómetros que transporte gas natural desde los yacimientos no convencionales de Vaca Muerta —en Neuquén, Argentina— hasta el centro-oeste de Brasil, utilizando el territorio chaqueño de Paraguay como corredor de tránsito. El trazado previsto contempla unos 110 kilómetros en territorio argentino, 530 kilómetros a través del Chaco paraguayo y alrededor de 410 kilómetros en Brasil, aprovechando el recorrido de la Ruta Bioceánica vial que ya avanza en construcción. El proyecto lleva el nombre de Gasoducto Bioceánico, y sus impulsores no escatiman en ambición retórica: en la X Semana de la Energía de la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), celebrada en Santiago de Chile en octubre de 2025, el director de Hidrocarburos del Ministerio de Energía paraguayo, Julio Albertini, lo describió como el potencial "Canal de Panamá" del gas latinoamericano.

La comparación no es caprichosa. El Canal de Panamá revolucionó el comercio marítimo global porque resolvió un problema geográfico con ingeniería y voluntad política. El Gasoducto Bioceánico aspira a resolver otro: la desconexión entre los mercados productores y consumidores de gas en América del Sur, donde Argentina tiene gas en el subsuelo neuquino que Brasil necesita, pero la infraestructura para conectarlos es insuficiente o inexistente en los tramos críticos.

chaco paraguayo

Una obra que ya tiene acuerdos, pero todavía no tiene palas

Antes de entusiasmarse demasiado, conviene ser precisos sobre el estado real del proyecto. Se firmaron tres memorandos de entendimiento: primero con Brasil en febrero de 2025, luego con Mato Grosso do Sul en junio y finalmente con Argentina en julio, durante la cumbre del Mercosur en Buenos Aires. El memorando con Argentina —suscrito por la ministra de Obras Públicas paraguaya, Claudia Centurión Rodríguez, el ministro de Industria Francisco Javier Giménez y el ministro de Economía argentino Luis Caputo— establece la creación de un grupo de trabajo técnico binacional para elaborar estudios y propuestas de viabilidad.

Eso es relevante, pero también impone una lectura calibrada. Los tres memorandos establecen grupos de trabajo técnicos para elaborar estudios de viabilidad, pero no comprometen obras ni desembolsos. El proyecto está clasificado como "propuesto" en los registros internacionales de seguimiento energético, sin ingeniería de detalle publicada, contratos de construcción adjudicados ni consorcio privado comprometido. Lo que sí está avanzando es el trabajo normativo: el CAF confirmó su respaldo para financiar los estudios de armonización regulatoria, y el Viceministerio de Minas y Energía trabaja con especialistas internacionales para adecuar el marco legal local a los estándares que exigen los inversores privados.

En términos de especificaciones técnicas, la inversión prevista para el segmento paraguayo asciende a unos 2.000 millones de dólares, con un ducto de 32 pulgadas y capacidad para transportar 30 millones de metros cúbicos de gas por día. Si se concretara, la obra habilitaría una solución operativa en un plazo estimado de cinco años desde que se tome la decisión de construcción, según el viceministro de Minas y Energía, Mauricio Bejarano. Eso significa que el horizonte realista para ver gas fluyendo por el Chaco paraguayo es la primera mitad de la década de 2030, siempre que los acuerdos políticos se conviertan en contratos y los estudios arrojen viabilidad positiva.

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El boom económico de Paraguay.

Por qué Paraguay y no otra ruta

La pregunta técnica más relevante no es si el proyecto es deseable —claramente lo es para todos los involucrados— sino por qué el trazado chaqueño compite con otras alternativas. La respuesta tiene varias capas.

La geográfica es la más obvia: Paraguay ocupa el centro exacto del Cono Sur y su territorio conecta de manera natural el norte argentino con el centro-oeste brasileño, la región que más demanda energética nueva proyecta para las próximas décadas. Pero hay una razón más concreta: el trazado aprovecha la infraestructura del Corredor Vial Bioceánico que ya avanza en construcción, lo que reduce costos de habilitación de territorio, logística de obra y coordinación con comunidades locales. No es partir de cero; es sumar un ducto a una ruta que ya existe.

Paraguay no busca competir como productor, sino convertirse en el articulador logístico que permita el flujo de gas entre ambos mercados. Esa distinción importa porque define la naturaleza del negocio: no se trata de explotar recursos propios sino de cobrar un peaje estratégico sobre el flujo regional, con todos los beneficios en términos de empleo, industrialización inducida y posicionamiento geopolítico que eso conlleva. Para un país que genera un superávit de energía hidroeléctrica a través de Itaipú y Yacyretá pero importa casi todo el gas que consume, el salto conceptual es enorme.

El silencioso milagro económico que hace creíble la propuesta

Ningún proyecto de infraestructura de esta escala es creíble si lo impulsa un país en crisis. La razón por la que el Gasoducto Bioceánico merece ser tomado en serio —y no descartado como voluntarismo de un actor menor— tiene que ver con la trayectoria económica que Paraguay acumula hace más de una década y que en los últimos años alcanzó una consistencia notable.

El ingreso per cápita de Paraguay aumentó en promedio un 2,4% entre 2004 y 2024, a un ritmo superior al de la mayoría de sus pares regionales. En 2024, el PIB creció 4,7%, con la inflación descendiendo al 4,5% y el desempleo reduciéndose al 5%. El déficit fiscal se ajustó al 2,1% del PIB y la deuda pública se mantuvo en torno al 45%, un nivel considerado manejable en comparación regional. Y en 2025 el ritmo se aceleró: el PIB creció 6,6%, superando las expectativas, impulsado por consumo privado e inversión. Se proyecta un crecimiento promedio del 4,3% para el período 2026-2028.

Esos números no son el producto de un boom de commodities ni de una coyuntura excepcional. Son el resultado de una política económica que lleva años sin cambiar de rumbo, algo inusual en la región. En 2024, Moody's otorgó a Paraguay el grado de inversión, reconociendo la solidez macroeconómica del país, su disciplina fiscal y su capacidad de cumplir compromisos financieros. Standard & Poor's, por su parte, mejoró la perspectiva de calificación a positiva y elevó la nota de BB a BB+ en enero de 2025.

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El gasoducto atravesaría el Chaco Paraguayo.

El modelo que atrae capital

El secreto paraguayo —si cabe llamarlo así— es la combinación de baja presión tributaria, estabilidad macro y marcos legales previsibles. El Impuesto a la Renta Empresarial se mantiene en el 10%, considerada una de las tasas más bajas de la región. El Impuesto a los Dividendos y Utilidades aplica una tasa de 8% para residentes y 15% para no residentes. El régimen de Maquila va más lejos: las empresas que operan bajo ese esquema pagan un tributo único del 1% sobre el valor agregado, con exoneraciones completas de renta empresarial, dividendos y derechos de importación sobre materias primas y equipos.

El resultado en términos de atracción de capital es elocuente. Al cierre de 2024, los saldos de inversión directa alcanzaron 10.395 millones de dólares, un incremento del 3,8% respecto a 2023, equivalente al 23% del PIB. Más significativo aún: mientras América Latina y el Caribe registraron una caída del 12% en flujos de inversión directa y América del Sur cayó un 18%, Paraguay registró un incremento del 15% en su flujo neto. Contracorriente, en el sentido más literal.

En los primeros cinco meses de 2024, 370 empresas de diversos sectores ingresaron a Paraguay, un aumento del 130% respecto al mismo período de 2023. Brasil, Estados Unidos, Países Bajos, Uruguay y España encabezan la lista de inversores. El número de países con inversión directa activa en el país ascendió a 68 en 2024, según datos del Banco Central del Paraguay.

El Gasoducto no es solo un proyecto paraguayo. Es el reflejo de una reconfiguración energética más amplia que involucra a Vaca Muerta como fuente, a Brasil como mercado de destino, y a Paraguay como bisagra geográfica. Mientras Argentina avanza en Vaca Muerta y Brasil en el Presal, Paraguay busca posicionarse como articulador estratégico en el transporte y distribución del gas regional. Si la integración prospera, los tres países ganan: Argentina exporta más gas, Brasil diversifica su matriz y mejora su seguridad energética, y Paraguay consolida un ingreso de largo plazo que no depende de la lluvia ni del precio de la soja.

Esa es la apuesta. Un país sin costas que decidió que la geografía no es un destino sino un activo. Si el Canal de Panamá le enseñó algo a América Latina, es que las grandes obras de infraestructura no las construyen los países grandes: las construyen los países que entienden dónde están parados.