Energía nuclear argentina: 7 razones para creer y 7 para dudar del plan del Gobierno
A un año y medio del anuncio más ambicioso del gobierno de Javier Milei, el sector vive una paradoja: récords de producción en las centrales existentes y parálisis en los proyectos que deberían sostener el futuro.
El proyecto CAREM, que es la construcción de un reactor modular pequeño (SMR) aún sufre marchas y contramarchas de los gobiernos de turno en la Argentina.
UBAEl 21 de diciembre de 2024, Javier Milei subió a un escenario junto a Rafael Grossi, director del Organismo Internacional de Energía Atómica, y prometió el "retorno triunfal" de la energía nuclear argentina. Habló de reactores modulares, de una ciudad nuclear en la Patagonia, de posicionar al país como líder global en uso pacífico del átomo. Era un anuncio de proporciones históricas, o al menos así fue presentado.
Dieciocho meses después, el Gobierno acaba de publicar los Lineamientos de la Política Nuclear Argentina 2026, un documento de 54 páginas que reordena el sector en torno a cuatro objetivos y seis principios rectores. El texto llegó con el peso simbólico del 76° aniversario de la Comisión Nacional de Energía Atómica. Lo que no llegó, otra vez, son los cronogramas, los presupuestos ni los proyectos concretos.
La pregunta que atraviesa al sector es simple y difícil al mismo tiempo: ¿estamos ante una transformación real o ante una sucesión de anuncios que, en el fondo, no modifican nada estructural? La respuesta honesta es que hay argumentos serios en ambas columnas.
Siete razones para creer en el plan nuclear
. Producción en niveles récord. Las centrales que hoy operan no atraviesan un mal momento: todo lo contrario. En 2025, Nucleoeléctrica Argentina registró una producción neta de 10.760.572 MWh, superando el récord del año anterior. Atucha II generó 5.408.370 MWh netos, por encima de su mejor marca histórica, datada en 2016. La energía nuclear cubrió el 7,5% de la demanda eléctrica nacional. Son números reales, no proyecciones.
. Una demanda global que favorece la apuesta. El mundo está volviendo al núcleo del átomo, y no por razones ideológicas sino por una presión concreta: los centros de datos que alimentan la inteligencia artificial consumen cantidades de energía que las renovables intermitentes no pueden garantizar solas. Argentina tiene en ese contexto un argumento genuino: capacidad técnica acumulada, territorio disponible y costos de operación relativamente bajos.
. El CAREM sigue siendo el SMR más avanzado de América Latina. Aunque el proyecto CAREM atraviesa una crisis de financiamiento, la obra civil supera el 85% de avance y lleva invertidos cerca de 700 millones de dólares. El Organismo Internacional de Energía Atómica lo ubicó entre los proyectos de reactor modular pequeño (SMR, por su sigla en inglés) más desarrollados del mundo dentro de los 70 más avanzados relevados. Eso no es retórica: es capital acumulado que existe y que sería costosísimo dilapidar. Pero el sueño argentino de contar con un reactor de potencia de diseño ciento por ciento nacional, que nació hacia mediados de la década del 80 y recorrió, a los tumbos, frenos, contramarchas y decisiones políticas cambiantes de acuerdo al gobierno de turno, siempre está más cerca de ser convertirse en pesadilla.
. La inserción en el programa FIRST de Estados Unidos. Argentina adhirió al programa de infraestructura para reactores modulares de la administración Trump, lo que abre acceso a financiamiento, transferencia tecnológica y, sobre todo, a un mercado de exportación con respaldo político de primer orden. En un mundo donde la geopolítica nuclear está siendo reconfigurada a velocidad inusitada, no estar fuera de esa mesa tiene valor propio.
. Un marco doctrinario que, por primera vez, habla de divisas. Los Lineamientos 2026 introducen un cambio conceptual que merece ser tomado en serio: por primera vez, un documento oficial argentino plantea que el complejo nuclear debe ser una fuente de exportaciones y no solo un servicio público o un objeto de orgullo nacional. Esa reorientación —si se sostiene con hechos— podría cambiar la lógica de financiamiento del sector.
. La extensión de vida de Atucha I. El proyecto en curso para extender la operación de la central más antigua del país por 20 años adicionales avanza con un 48% de progreso a un año de su inicio. No es un anuncio: es una obra en marcha que, de completarse, garantiza capacidad instalada sin necesidad de nueva construcción.
. La legitimidad internacional del plan. El respaldo explícito del OIEA —cuyo director estuvo presente en el lanzamiento del plan original— y la participación argentina en foros nucleares globales le dan al proyecto una credibilidad exterior que no debería subestimarse. En sectores donde la percepción de riesgo-país pesa sobre cada decisión de inversión, esa legitimidad importa.
Siete razones para dudar
. Un plan sin números no es un plan. Los Lineamientos 2026 son un documento doctrinario, no un programa de gobierno. No incluyen cifras de inversión, fechas de ejecución ni licitaciones previstas. Un sector tan capital-intensivo como el nuclear no se transforma con principios rectores: se transforma con presupuesto. La ausencia de ambos en el mismo documento es una contradicción que el Gobierno todavía no explicó.
. El anuncio de 2024 no derivó en nada concreto. La ciudad nuclear en la Patagonia, los cuatro reactores modulares en Atucha, la promesa de "posicionar a Argentina como líder global": dieciocho meses después, ninguna de esas iniciativas tiene un decreto, una licitación ni una partida presupuestaria asignada. La retórica fue enorme; los avances operativos, inexistentes.
. La renuncia del responsable del plan es una señal que no puede ignorarse. Demian Reidel, el físico del Instituto Balseiro que encabezaba Nucleoeléctrica Argentina y era la cara técnica del proyecto, renunció en febrero de 2026 tras denuncias internas por presuntos sobreprecios. Su salida abre una pregunta que el Gobierno no respondió: ¿quién conduce ahora el plan y con qué criterio?
. El abandono del CAREM es una apuesta arriesgada que puede salir muy mal. La decisión de frenar el reactor modular propio para adoptar tecnología estadounidense tiene una lógica pragmática que puede defenderse. Pero tiene un costo estratégico que los críticos no exageran: Argentina pasa de ser un potencial exportador de SMR a ser un cliente en la cadena de exportación que Estados Unidos está construyendo con la Executive Order 14299 firmada por Trump en mayo de 2025. Cuarenta años de ingeniería acumulada en el CAREM no se reemplazan con una firma de adhesión a un programa extranjero.
. El vaciamiento del capital humano es el problema más grave y el menos visible. Entre septiembre de 2025 y febrero de 2026, la planta de personal de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) pasó de 3.336 a 3.205 trabajadores. Más de 100 puestos menos en pocos meses, en un sector donde cada salida es una década de formación que no se recupera fácilmente. Los salarios, según denuncias de trabajadores del organismo, se ubican por debajo de la canasta básica en varios casos. Un país que proclama querer liderar la industria nuclear global mientras sus ingenieros nucleares emigran o se van al sector privado está construyendo sobre arena.
. Las deudas del Centro Atómico Bariloche son un síntoma preocupante. El Centro Atómico Bariloche acumula deudas superiores a 1.200 millones de pesos con la Cooperativa de Electricidad local y más de 138 millones con Camuzzi Gas del Sur. Un organismo estratégico que no puede pagar sus facturas de gas y luz mientras el Gobierno anuncia ambiciones nucleares globales exhibe una incoherencia que merece explicación pública.
. La dependencia regulatoria de estándares externos puede limitar la autonomía futura. Adoptar reactores SMR de origen estadounidense implica adaptar los marcos regulatorios argentinos —la Autoridad Regulatoria Nuclear y la CNEA— a las normas de la Nuclear Regulatory Commission y el Departamento de Energía de Estados Unidos. Eso no es necesariamente malo en el corto plazo, pero crea una dependencia estructural que reduce el margen de maniobra propio en decisiones que, en el sector nuclear, tienen consecuencias que duran décadas.
Lo que está en juego no es solo energía
La discusión sobre el plan nuclear de Milei es, en el fondo, una discusión sobre qué tipo de país industrial quiere ser Argentina. No es una pregunta nueva: el sector nuclear la viene haciendo desde 1950. Lo que sí es nuevo es el contexto en el que se plantea.
El mundo está viviendo un renacimiento nuclear sin precedentes desde los años setenta. Países que habían cerrado sus programas los están reactivando. Empresas privadas están invirtiendo en SMR por primera vez en la historia. La demanda de energía firme y de baja emisión de carbono que impone la expansión de la inteligencia artificial está redefiniendo la geopolítica energética a una velocidad que los gobiernos difícilmente pueden seguir.
Argentina tiene activos reales en ese tablero: tres centrales en operación con récords de producción, un reactor modular casi terminado, una comunidad científica de nivel internacional y una tradición tecnológica que muy pocos países en desarrollo pueden exhibir. Desperdiciar eso sería un error histórico de magnitud comparable al de las privatizaciones de los '90 en otros sectores. Porque la diferencia entre un plan y una promesa no está en la ambición del discurso sino en la consistencia entre lo que se anuncia y lo que se ejecuta.



